E. Gavilán, Aviación Digital, Sp.- Hay un momento casi mágico en el ritual del despegue. Es ese instante en el que los motores comienzan su murmullo profundo, el avión inicia el “retroceso” y la voz del comandante rompe el aislamiento de la cabina para entrar en el espacio común del pasaje. En un vuelo de iberia operado por la compañía Air Nostrum, lo que suele ser un anuncio protocolario se transformó en una lección de liderazgo y calidez.
El comandante Luis Berasategui no se limitó a informar sobre la altitud o el tiempo. Se presentó como nuestro “speaker” y guía, un capitán que entiende que volar no es solo desplazar una máquina de un punto a otro, sino cuidar de las personas. En la aviación, la precisión técnica es la base, pero la calidez humana es el componente invisible que convierte el cumplimiento de las normas en un acto de confianza mutua.
El “examen sorpresa”: cómo captar la atención en seguridad
Antes de que las ruedas empezaran a girar con fuerza, Berasategui presentó a su “equipazo”. Con una cercanía que buscaba, ante todo, que los pasajeros se sintieran “a gusto”, puso nombre y rostro a quienes velarían por nosotros en cabina: Beatriz Chepare y Yasmina Lana.
Pero el comandante sabe que, tras cientos de vuelos, el pasajero tiende a ignorar las demostraciones de seguridad para refugiarse en la pantalla de su móvil. Para romper esa inercia, utilizó el humor como una herramienta de neurociencia aplicada: el humor despierta la atención, genera dopamina y fija el mensaje. Por eso, lanzó su advertencia con una sonrisa en la voz:
“Hay que prestar atención, no ir en el teléfono, hay que prestar atención a las compañeras, que es importante y como digo yo, para sacarles otra sonrisa, no vaya a ser que hagamos examen sorpresa.”
Mientras el copiloto Guillermo Bragado gestionaba las autorizaciones, esta pequeña broma logró lo que mil manuales no consiguen: que todo un avión levantara la vista y conectara con la importancia del momento.
Tormentas a la vista: radares, “coliflores” y pedagogía en vuelo
A mitad de camino hacia Madrid, el comandante volvió a conectar con nosotros para hablarnos “de lógica”, eliminando ese halo de misterio que a veces rodea a la meteorología y que tanto inquieta a quienes temen volar. Con la maestría de quien cuenta un cuento a un niño para disipar sus miedos, nos explicó qué eran esas formaciones blancas que veíamos por las ventanillas.
Las llamó “coliflores”; aquí cada uno tiene su terminología, yo los llamo Cumulus Ostiatus, del latín, como entres jodido. Son nubes de desarrollo vertical, densas y compactas por debajo, que se abren en la parte superior como naves de tormenta. Nos explicó que allí dentro habitan “rayos y centellas”, y que su prioridad absoluta es la seguridad. Para ello, nos reveló el secreto del radar meteorológico, ese traductor de colores que les permite ver lo invisible, tanto de día como de noche:
Verde: lluvia ligera.
Amarillo: formaciones meteorológicas algo más densas.
Rojo y magenta: formaciones importantes, el corazón de la tormenta que debe evitarse siempre.
Esta transparencia técnica no es solo informativa; es un bálsamo. Al explicar que el radar emite una señal que rebota y les traduce la realidad en colores, el comandante nos otorgó el control a través del conocimiento. Su frase final en este bloque fue una declaración de intenciones:
“Nosotros somos los primeros que no nos queremos meter en tormentas nunca.”
La lógica del piloto: eficiencia, confort y compromiso con el pasajero
Volar con Berasategui y Bragado fue como circular por una “pista peaje”. Así llamó el comandante a esa ruta fluida y libre de baches que buscaban activamente. “Esquivar baches” no es solo una maniobra técnica; es un acto de empatía hacia el bienestar del pasajero.
A pesar de que Madrid nos recibía con unos calurosos 36 grados, “fresco, fresco no es”, bromeó, comparándolo con la temperatura de Sevilla, el equipo operó con una eficiencia admirable. Nos anunció que aterrizaríamos unos 10 o 15 minutos antes de la hora prevista. Pero no lo hizo por una cuestión de récords, sino por un profundo sentido de la responsabilidad y la compensación:
“Acuérdense el día que llegamos tarde para compensar.”
Esa mención al equilibrio, a devolverle al pasajero el tiempo que en otros vuelos la aviación le ha podido quitar, demuestra un compromiso ético que va mucho más allá de las millas recorridas.
La guinda del viaje: una invitación sencilla a la felicidad
Un vuelo de tan solo 45 minutos es tiempo suficiente para cambiar el estado de ánimo de cien personas si quien lleva los mandos tiene un propósito claro. Al finalizar el viaje, tras los agradecimientos de rigor, Luis Berasategui nos regaló una frase que debería ser el manual de procedimientos de cualquier ser humano al empezar el día.
No fue un “adiós”, fue una misión:
“Lo más importante, por favor, sean felices.”
Conclusión: cuando un vuelo de Air Nostrum también alimenta el alma
Lo que pudo ser un simple traslado rutinario de Air Nostrum se convirtió en una experiencia significativa gracias a una comunicación efectiva y un CRM (Crew Resource Management), cargado de alma. El comandante Berasategui nos recordó que la autoridad no está reñida con la ternura, y que la seguridad se fortalece cuando se comparte con transparencia.
A veces, solo necesitamos 45 minutos y una voz adecuada para recordar lo que de verdad importa. Al bajar de ese avión, uno no solo llega a su destino físico, sino a un lugar mental más amable. Excelente Briefing Comandante.






