Claudia C./ Aviación Digital, Sp.- En las fotos de archivo parece un objeto sacado de una película de ciencia ficción retro: una bañera metálica sobre ocho ruedas finas, con una tapa abombada llena de células solares y un mástil con antenas y cámaras. Lo bautizaron Lunojod (Lunokhod, “el que camina por la Luna”) y, visto desde hoy, es fácil encajarlo en la cronología oficial: Luna 17 en 1970, primer rover lunar operativo, once meses de misión. Lo que suele quedar fuera del encuadre es la parte más interesante de la historia: el Lunojod nació en 1968 como pieza de un programa tripulado ultrasecreto y, durante dos años, se probó y se replanteó mientras la URSS decidía si realmente podía poner un ser humano sobre la superficie lunar antes que Estados Unidos.
El 14 de septiembre de 1971 tras 302 días de mision y recorrer 10,5 kms, se perdía definitivamente el contacto con el Rover lunar, Lunojod 1. Este fue el 1er Rover espacial de la historia de la humanidad. En 2010 fue fotografiado por la sonda lunar estadounidense, LRO. pic.twitter.com/OzwPjO72NG
— ProletKult (@Proletkult3) September 14, 2024
En esos talleres y campos de pruebas, lejos de las portadas, se jugó una partida que hoy suena familiar: cómo explorar un mundo hostil con máquinas a distancia, qué tareas confiar al robot y cuáles reservar al humano, cuánto riesgo es aceptable cuando el control llega con segundos de retraso desde otro planeta. Si hoy hablamos de rovers en Marte o de misiones como Artemis combinando astronautas y robots, conviene mirar a esos años 1968‑1970 en los que un puñado de ingenieros soviéticos imaginó, probó y perdió el primer Moonwalker de la historia antes de que nadie en Occidente supiera siquiera que existía.
Un tanque de baño con alma de nave: así era el Lunojod que nunca debía salir en la foto
Mientras los estadounidenses diseñaban un rover plegable para ir colgado en el lateral del módulo lunar del Apollo, en la URSS el concepto fue casi el inverso. El Lunojod era el vehículo que debía ir primero, abrir camino, comprobar que el terreno era practicable y, si todo salía bien, servir de “coche de apoyo” para cosmonautas que aterrizarían después con el hardware del programa L3.
8 de marzo de 1973: el rover soviético Lunojod dibuja con sus ruedas un gran "8" en la superficie de la Luna para conmemorar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. El principal factor de igualdad y de liberación de la mujer es el movimiento comunista internacional. La vida… pic.twitter.com/1iE7CcMDej
— Paco Arnau (@ciudadfutura) March 8, 2025
La máquina, en su versión E‑8, era todo menos improvisada. Pesaba del orden de 750 kilos, montaba ocho ruedas motrices independientes y se desplazaba a 1‑2 km/h, lo justo para avanzar con seguridad pero lo bastante rápido para cubrir decenas de kilómetros durante su vida útil. El cuerpo principal tenía forma de tina hermética presurizada, sobre la que se montaba una tapa convexa recubierta de paneles solares. De día, esa “concha” se abría hacia el Sol para cargar baterías; de noche, se cerraba para proteger el interior y ayudar a mantener la temperatura con un generador de calor basado en polonio‑210.
La instrumentación estaba a la altura del reto: cuatro cámaras de televisión para navegar y hacer panorámicas, un penetrómetro para medir la densidad del regolito, un espectrómetro de rayos X, un telescopio de rayos X, detectores de radiación y un retrorreflector láser suministrado por Francia, que aún hoy permite medir con precisión la distancia Tierra‑Luna mediante pulsos láser desde observatorios terrestres. No era un juguete: era un laboratorio sobre ruedas con una autonomía diseñada para tres “días lunares” (unos tres meses terrestres), que acabó aguantando casi el cuádruple.
El 8 de enero de 1973, fue lanzada la misión soviética Luna 21 mediante un cohete Proton-K/Blok-D desde Baikonur, transportando el rover Lunojod 2 (Ye-8 nº 204), el segundo vehículo automático en explorar otro mundo. #Lunojod2 alunizó siete días después en el cráter Le Monnier. pic.twitter.com/kXEaD7hiRf
— Ana Julia (@anajuliabanlei) January 9, 2025
Todo ello se controlaba desde la Tierra por un equipo de operadores que veían la Luna en blanco y negro, con varios segundos de retraso. Algunos documentos y testimonios posteriores hablan de un “equipo de conductores teledirigidos” que trabajaba en turnos frente a monitores CRT, usando joysticks y mandos analógicos, en un precursor directo de los centros de control de rovers marcianos actuales. Por supuesto, en la URSS de finales de los 60, esos detalles no aparecían en ninguna nota de prensa.
1968: tortugas alrededor de la Luna y un rover que todavía no puede despegar
La fecha que has puesto sobre la mesa, 1968, es clave para entender el contexto. En septiembre de ese año, la misión Zond 5 se convirtió en el primer vuelo que llevó seres vivos alrededor de la Luna y los devolvió a la Tierra, adelantándose por poco a Apollo 8. La cápsula, basada en el diseño Soyuz, transportaba dos tortugas esteparias, huevos de mosca de la fruta, bacterias y plantas, un pequeño zoológico metido en una esfera de descenso que cruzó el lado oculto de la Luna y amerizó después en el Índico.
El vuelo no fue perfecto: la reentrada balística generó cargas g superiores a las previstas y habría sido letal para humanos, pero cuando los científicos abrieron la cápsula días después encontraron a las tortugas vivas, sin haber comido ni bebido en casi 40 días y con una pérdida de peso limitada. El mensaje interno era claro: desde el punto de vista biológico, la URSS estaba lista para mandar cosmonautas en un vuelo circumlunar. El problema estaba en el resto del sistema: cohetes, decisión política, fiabilidad.
En paralelo, el desarrollo del complejo E‑8/Lunojod avanzaba a trompicones. Documentos desclasificados de Roscosmos muestran que, a finales de 1967, el Ministerio de Ingeniería General advertía de un “retraso significativo” en los trabajos del E‑8 y criticaba al fabricante principal, la oficina Lavochkin, por falta de coordinación con los subcontratistas. La orden ministerial mencionaba explícitamente que el desarrollo técnico no estaba “totalmente desplegado”, una forma burocrática de decir que el calendario político iba más rápido que el técnico.
Simpático video divulgativo del Lunojod-1. El 1er rover espacial de la historia de la humanidad. Fue desplegado en la superficie lunar tal día como hoy de 1970. pic.twitter.com/MMGojQOzOq
— ProletKult (@Proletkult3) November 17, 2023
Durante 1968, según esas mismas fuentes, los ingenieros soviéticos probaron los prototipos del rover en campos de arena y terrenos preparados que simulaban la resistencia del regolito, afinando suspensiones, controles y sistemas de navegación. Parte de ese trabajo se hizo con discreción en áreas semidesérticas de Crimea y Kazajistán, con maquetas a escala y modelos de ingeniería a tamaño real. No había margen para dejar nada al azar: un fallo de movilidad en la Luna significaba convertir un proyecto multimillonario en un monumento inmóvil visto desde la órbita.
Febrero de 1969: un Lunojod explota en secreto y el polonio cae sobre Kazajistán
La primera vez que un Lunojod voló, no llegó a ningún satélite natural. El 19 de febrero de 1969, el vehículo 8ЕЛ№201, primer ejemplar de vuelo del programa E‑8, despegó en la cofia de un cohete Proton‑K desde Baikonur. Pocos segundos después, la cofia se destruyó en pleno ascenso, el lanzador se desintegró y los restos, incluyendo el generador térmico de polonio‑210 del rover, se dispersaron sobre una amplia zona de la estepa kazaja.
El mundo no supo nada. En la URSS, el vuelo se presentó como un lanzamiento fallido de una “sonda científica” sin detalles; en Occidente, la inteligencia estadounidense registró que un Proton se había perdido, pero ignoraba su carga exacta. Solo décadas después, con la desclasificación de documentos, supimos que aquel fracaso se había llevado por delante el primer Lunojod operativo y que, en palabras de un informe al ministro Afanasiev, “el complejo experimental E‑8 se consideraba completado”, pero el primer lanzamiento había terminado “en accidente por destrucción de la cofia en fase activa”.
En el Lunojod 1 fue instalado un reflector angular, de diseño y fabricación francesa, para permitir la reflexión de un rayo láser enviado desde la Tierra, y medir así la distancia exacta de separación con la Luna, y de permitir medir los movimientos de la Luna con total exactitud pic.twitter.com/W2uTdAgqZo
— Iván Jesús Izaguirre I. (@ivaniz66) July 2, 2023
Ese siniestro tuvo varias consecuencias. Por un lado, obligó a revisar la fiabilidad del Proton‑K, un lanzador que ya había dado muchos dolores de cabeza en otros programas. Por otro, contaminó discretamente la estepa con polonio, un detalle que la documentación soviética menciona con la frialdad burocrática habitual pero que ilustra la cara menos limpia de la carrera espacial. Finalmente, empujó hacia la derecha el calendario de lanzamientos de E‑8, como reconocen los propios documentos: el plan de poner en marcha varias misiones E‑8 y E‑8‑5 en 1969 y primera mitad de 1970 “no se cumpliría”.
Mientras tanto, del lado estadounidense, Apollo 8 orbitaba la Luna en diciembre de 1968 y Apollo 11 se preparaba para el alunizaje de julio de 1969. El espacio para un alarde soviético en forma de rover previo a una misión tripulada se estrechaba cada mes.
El Moonwalker que llegó cuando la bandera ya estaba clavada
El 17 de noviembre de 1970, con Armstrong y Aldrin convertidos en iconos desde hacía más de un año, la URSS lanzó la misión Luna 17 desde Baikonur. El cohete Proton‑K, esta vez, hizo su trabajo; el módulo de descenso aterrizó suavemente en el Mare Imbrium y, horas después, una rampa se desplegó desde su costado para dejar rodar al Lunojod 1 sobre el polvo lunar.
Desde un punto de vista estrictamente técnico, lo que siguió fue un éxito sonado. Durante 322 días terrestres, el rover recorrió unos 10,5 kilómetros, envió más de 20.000 imágenes de TV y más de 200 panorámicas de alta resolución, realizó 25 análisis de suelo con su espectrómetro RIFMA y clavó su penetrómetro en unos 500 puntos distintos. Resistió once “noches lunares” de dos semanas cada una —periodos sin Sol en los que la temperatura cae por debajo de los ‑150 ºC—, muy por encima de los tres días previstos en diseño.
Comparado con misiones posteriores, las cifras impresionan. Al rover Opportunity de la NASA le llevó casi seis años en Marte alcanzar una distancia similar, aunque luego siguió rodando más de una década. Y el retrorreflector láser del Lunojod 1, redescubierto con precisión en 2010 gracias a nuevos cálculos y telescopios, sigue siendo un activo científico útil para medir la distancia a la Luna con márgenes de milímetros.
🚀 ¡Primeras huellas robóticas en la Luna!
— Revista Physios (@RevistaPhysios) November 17, 2025
17 de noviembre de 1970: El soviético Lunojod 1 explora nuestro satélite.
📡 Control remoto desde la Tierra, abriendo la era de la exploración robótica.#ExploraciónEspacial #Luna #Tecnología pic.twitter.com/HRw8gh7NfZ
Pero el éxito llegó tarde para la narrativa política. Cuando el Lunojod 1 empezó a moverse, la imagen de un humano caminando por la Luna ya estaba grabada en la retina del mundo, y el impacto propagandístico de un robot teledirigido, por muy avanzado que fuera, no podía competir con la huella de una bota. De hecho, la propia URSS trató el programa con una discreción relativa, sin revelar muchos detalles técnicos y manteniendo en secreto el fracaso de 1969 durante años.
De Lunojod a Spirit y Perseverance: parecidos razonables en mundos distintos
Si uno superpone un esquema del Lunojod 1 con una foto de los rovers marcianos modernos, las diferencias saltan a la vista: ocho ruedas delgadas frente a seis ruedas de mayor diámetro, una “bañera” cerrada frente a un chasis desplegable tipo rocker‑bogie, panel solar en tapa frente a mástil con antenas y cámaras elevadas. Pero en términos conceptuales, las similitudes son más profundas de lo que parece.
Como los rovers de NASA, el Lunojod fue diseñado para ser los ojos y los brazos de un equipo de científicos e ingenieros que se quedaba a cientos de miles de kilómetros, obligado a interpretar un mundo extraño a través de cámaras y gráficos de telemetría. Como ellos, tuvo que lidiar con retardos en las comunicaciones, incertidumbre sobre la consistencia del terreno, temperaturas extremas y un presupuesto energético ajustado.
Hay también paralelismos en el enfoque. La URSS concibió el Lunojod tanto como instrumento científico como herramienta de apoyo a un eventual programa tripulado, exactamente la lógica que hoy subyace a la combinación de rovers y misiones humanas planteada en programas como Artemis o en los escenarios de exploración marciana. El plan era que un cosmonauta pudiera, en el futuro, aproximarse a un Lunojod, utilizar sus instrumentos, cargar muestras o incluso usarlo como transporte auxiliar. No llegó a ocurrir, pero la idea quedó flotando.
Comparado con el Lunar Roving Vehicle (LRV) de Apollo, el contraste es interesante. El LRV era una especie de buggy plegable, ligero (unos 210 kg), sin techo, con autonomía limitada y pensado para ser conducido directamente por los astronautas durante caminatas de unas pocas horas. Sin nadie a bordo, no servía de mucho. El Lunojod, en cambio, solo cobraba sentido como vehículo teleoperado, con un equipo humano permanentemente atento en la Tierra. Estados Unidos apostó primero por el espectáculo tripulado; la URSS, por el robot que podía operar cuando ya no quedaba nadie para hacer la foto.
Un programa lleno de sombras y de lecciones
El Lunojod 1 se apagó definitivamente en septiembre de 1971. La URSS enviaría después un Lunojod 2, más avanzado, que recorrió casi el doble de distancia antes de quedar inutilizado por sobrecalentamiento en 1973, probablemente tras contaminar sus radiadores con polvo levantado por sus propias ruedas. Luego, el programa se difuminó, víctima de recortes, cambios de prioridades y el desgaste político tras el fracaso del cohete N1 y la renuncia implícita a la carrera lunar tripulada.
De puertas adentro, sin embargo, los ingenieros y científicos que trabajaron con los rovers aprendieron lecciones que hoy siguen siendo válidas. Algunas son muy técnicas: cómo diseñar sistemas de suspensión robustos con masa limitada, cómo gestionar la fatiga térmica de componentes electrónicos sometidos a ciclos de 300 ºC, cómo planificar rutas diarias teniendo en cuenta ángulos solares y horizonte de comunicaciones.
🔎 Un robot lunar soviético operativo desde 1970 abre debate sobre la propiedad espacial
— Diario Socialista (@DSocialista_) October 5, 2025
Más de 50 años después, el Lunojod 1 responde a señales desde la Tierra y cuestiona quién puede reclamar derechos sobre objetos y territorios lunares.https://t.co/l0YCs07P6H
Otras son más estratégicas. Los documentos desclasificados del programa E‑8 muestran las tensiones clásicas entre calendario político y realidad industrial, con órdenes ministeriales que reprenden al fabricante por “no mostrar suficiente exigencia” a los subcontratistas y advertencias de que “el plan de lanzamientos no se cumplirá”. La historia de Lunojod es, en ese sentido, un recordatorio temprano de algo que hoy vemos en programas como Artemis, ExoMars o el telescopio James Webb: cuando el calendario se fija desde arriba y se ignoran las curvas de aprendizaje, el retraso no desaparece; se cobra su peaje en forma de fallos de lanzamiento, sobrecostes y, a veces, pérdida total de misión.
Lo que nos dice un rover de 1968 sobre cómo exploramos hoy
Mirado desde 2026, en plena fiebre por los rovers marcianos, las constelaciones de satélites comerciales y la nueva carrera por la Luna, el Lunojod y su prehistoria de 1968‑1969 parecen casi un prototipo de todo lo que vendría después.
Nos habla de una época en la que se aceptaba lanzar un generador de polonio en la cofia de un cohete con fiabilidad limitada, algo que hoy sería impensable sin un debate público feroz. Nos habla también de ingenieros que, con tecnología analógica y cámaras de TV de baja resolución, lograron operar un vehículo durante casi un año en un entorno para el que nadie tenía manual. Y nos recuerda que antes de Spirit, Opportunity, Curiosity o Perseverance ya hubo alguien manejando un joystick en la Tierra para hacer avanzar, milímetro a milímetro, una máquina por un paisaje que solo existía en la pantalla.
La URSS envió a Lunojod 1, el primer vehículo-robot que llegó a la Luna. Estuvo 300 días y recorrió 10 km. pic.twitter.com/UMEP5es1xg
— Radio Marxista (@IMarxista) May 18, 2025
Sobre todo, el Lunojod nos obliga a matizar el relato simplificado de la carrera lunar. La URSS no “perdió” de forma limpia; se desvió hacia una exploración robótica ambiciosa, con éxitos que a menudo han sido subestimados en la memoria colectiva. Y buena parte de la lógica que hoy consideramos estándar —combinar robots y humanos, usar rovers como avanzadilla científica, depender de redes de comunicaciones profundas para operar máquinas a distancia— estaba ya ensayada, a su manera, en aquellos vehículos E‑8 que rodaban por la estepa mientras el resto del mundo miraba hacia Cabo Cañaveral.






