Un visitante interestelar de 7.000 millones de años recorre nuestro sistema solar

3I/ATLAS, el tercer objeto interestelar detectado, podría ser el cometa más antiguo jamás observado y ofrecer claves sobre los orígenes de la materia en nuestra galaxia

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Claudia C./ Aviación Digital, Sp.- No todos los cuerpos que atraviesan el cielo buscan ser comprendidos; algunos vienen a recordarnos de dónde venimos. Así ocurre con el cometa interestelar 3I/ATLAS, una reliquia errante que viaja a más de 214.000 km/h y que acaba de irrumpir en nuestro sistema solar tras un periplo de 7.000 millones de años. No es simplemente un trozo de roca helada: es un visitante ancestral, un fragmento del universo primitivo que podría guardar pistas sobre el nacimiento de las estrellas, los planetas… y quizás incluso de la vida misma. ¿Qué secretos arrastra tras de sí este mensajero de las profundidades cósmicas? La respuesta podría transformar lo que creemos saber sobre nuestros orígenes.

El hallazgo tuvo lugar en los Andes chilenos, gracias al telescopio ATLAS, financiado por la NASA. Allí se detectó su órbita hiperbólica, una trayectoria incompatible con la influencia del Sol, confirmando su origen ajeno a nuestro sistema solar.


El tercer visitante interestelar confirmado

Apenas tres objetos interestelares han sido detectados: primero fue 'Oumuamua' en 2017, luego el cometa Borisov en 2019, y ahora 3I/ATLAS, el más grande y rápido hasta la fecha. Con un tamaño estimado de entre 12 y 24 km, y un viaje hacia dentro de los confines de nuestro sistema solar, este cometa es, además, el más antiguo jamás observado.


Sin peligro para la Tierra, pero con un valor científico excepcional

A pesar de su velocidad y apariencia imponente, 3I/ATLAS no supone ningún riesgo. Las estimaciones calculan que su acercamiento máximo a la Tierra será de unos 240 millones de km, dentro de parámetros completamente seguros.

Pero su verdadera trascendencia radica en lo que puede enseñarnos. Se esperan observaciones exhaustivas a lo largo de los próximos meses, especialmente cuando alcance su perihelio a finales de octubre, y cuando comience a liberar una cola brillante y núcleo activo, visible con telescopios y binoculares en el hemisferio sur.


¿Un mensaje desde otros mundos?

Los cometas interestelares traen en su composición pistas del lugar donde nacieron. Con 3I/ATLAS se abre una ventana verdaderamente antigua, posiblemente más allá de los límites del tiempo solar, dado su origen vinculado al disco grueso de la Vía Láctea.

¿Podemos esperar que revele moléculas orgánicas desconocidas, diferentes a las de nuestros cometas locales? ¿Podría contener gases que hablen de entornos donde la vida también pudo germinar? Estas preguntas, alejadas de la ciencia ficción, son ahora objeto de estudio intenso tras el paso de otro visitante como ʻOumuamua y Borisov.


Observatorios en acción

Desde el Gemini North, en Hawái, hasta telescopios en Chile, España y EE. UU., los observatorios se han sumado a la vigilancia de 3I/ATLAS. Imágenes recientes revelan su coma —esa nube de polvo y gas— y un núcleo activo que comienza a mostrar señales de desorción y jets de material.

Pronto el JWST y el Hubble también analizarán su composición con sensores espectroscópicos, para tratar de descifrar su composición, velocidad de rotación y estructura interna .

Lo cierto, es que aunque no lo veremos a simple vista, 3I/ATLAS deja un legado científico sin precedentes. Su paso efímero —más allá de marzo de 2026— servirá para perpetuar la idea de que el cosmos no está estático: somos parte de un sistema en constante intercambio con el entorno galáctico.

Este cometa obliga a la aviación espacial y a la astronomía a replantearse su cultura de exploración: no solo mira al espacio cercano, sino que también observa lo que viene de lejos, de épocas anteriores a la formación de nuestro sistema solar.


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