Claudia C./Aviación Digital, Sp.- Hay fechas que, vistas desde 2026, parecen casi casuales en un calendario viejo y, sin embargo, marcan un antes y un después en la forma en que la humanidad se relaciona con el cielo. El 5 de marzo de 1936, un monoplano de líneas improbablemente elegantes, matrícula K5054, despegaba desde Eastleigh para un vuelo de apenas ocho minutos; era el primer Spitfire. El 16 de marzo de 1926, en un campo nevado de Auburn (Massachusetts), un artilugio de tubos finos, alimentado por oxígeno líquido y gasolina, se elevaba solo 12,5 metros durante 2,5 segundos; era el primer cohete de combustible líquido de Robert H. Goddard.
#letadlodne 008
— Jiří Chodil 🇪🇺 (@JiChodil) November 8, 2025
1️⃣LACAB GR.8
Mimořádně ošklivé belgické letadlo z roku 1936 (to už létaly Hurricane, Spitfire a Bf 109!). Belgické Les Ateliers de Construction Aeronautiques Belges podlehly francouzské módě (ono to tedy po nich chtěli jejich vojáci) a pokusili se …⬇️ pic.twitter.com/pkgzERwqyi
Noventa y cien años después, respectivamente, seguimos viviendo de las consecuencias de esos dos experimentos. Uno, el Supermarine Spitfire, se convirtió en símbolo de la resistencia británica en la Segunda Guerra Mundial y en icono de lo que puede ser un avión de combate bien pensado. El otro, el modesto cohete de Goddard, cambió el verbo “cohete” de los fuegos artificiales a la ingeniería y abrió la puerta a misiles, satélites, estaciones espaciales y sondas interplanetarias. Contados juntos, forman una especie de biografía paralela de cómo aprendimos primero a dominar el cielo… y después a escapar de él.
El 26 de marzo de 1926 Robert H. Goddard lanzó desde Auburn, Massachusetts el primer cohete de combustible líquido de la historia. Alcanzó una altura de ≈ 12,5m y recorrió una trayectoria de 67m durante 2,5 segundos a un promedio de 100km/h. pic.twitter.com/8lkOYjBNqL
— Grigorios (@GregSokratis) January 29, 2026
El día que el Spitfire “saltó” al aire
A las 16:35 del 5 de marzo de 1936, el prototipo K5054 del Supermarine Spitfire rodó por la pista de Eastleigh, cerca de Southampton. Lo pilotaba Joseph “Mutt” Summers, jefe de pruebas de Vickers. El vuelo duró unos minutos, pero la frase que se le atribuye al aterrizar —“Don’t touch anything”— quedó grabada como un guiño de piloto satisfecho que sabe que tiene entre manos algo especial.
En aquella época, el Reino Unido buscaba desesperadamente un caza moderno para enfrentarse a la amenaza creciente de la Luftwaffe. El diseñador Reginald J. Mitchell, de Supermarine, respondió con una combinación poco ortodoxa: un fuselaje estilizado, un motor Rolls‑Royce Merlin y unas alas elípticas pensadas para minimizar el arrastre y maximizar la maniobrabilidad, todo ello envuelto en una estructura metálica que dejaba atrás la era de los biplanos de tela.
The historic first flight of the Supermarine Spitfire prototype K5054 on 5th March 1936, at Southampton Aerodrome. Designed by R.J. Mitchell. An incredible aircraft that became a legend. pic.twitter.com/sfl0pzWyPv
— History Girl (@HistoryGirlBW) August 20, 2025
El Spitfire no solo era rápido; era armonioso. Esa ala elíptica que hoy asociamos inmediatamente con su silueta permitía una distribución casi ideal de la sustentación, reduciendo el arrastre inducido y dándole al avión una mezcla de velocidad y giro cerrados que, en combate, podía marcar la diferencia. La RAF lo supo pronto: el 3 de junio de 1936, apenas unos meses después del primer vuelo, el Ministerio del Aire encargaba 310 unidades, una apuesta enorme para un diseño tan joven.
Cuando estalló la guerra, el Spitfire entró en servicio con el Escuadrón Nº 19 de la RAF, y su verdadero examen llegó en el verano de 1940, durante la Batalla de Inglaterra. Aunque el Hawker Hurricane llevó buena parte del peso contra los bombarderos, el Spitfire se convirtió en el caza de referencia frente a los Bf 109 alemanes, con una tasa de victorias y supervivencia que alimentó tanto la estadística como la moral británica. En un país que se jugaba su futuro en el aire, ver la silueta de un Spitfire sobre el canal era casi sinónimo de esperanza.
This is the Supermarine Spitfire, Britain’s most celebrated fighter of the Second World War.
— What's the History? (@HistoryRetokd) November 1, 2025
First flown in 1936, its sleek elliptical wings and Rolls Royce Merlin engine made it fast, agile and deadly in the hands of skilled pilots. It became the symbol of the Battle of… pic.twitter.com/R9QCx3aaxP
Goddard y el cohete que parecía una locura
Diez años antes de que el Spitfire se estrenara en Eastleigh, el 16 de marzo de 1926, un joven profesor llamado Robert Hutchings Goddard preparaba su propia prueba en un escenario muy distinto. En un campo nevado de Auburn, Massachusetts, ajustó válvulas y conexiones de un ingenio que muchos de sus contemporáneos consideraban poco más que un experimento excéntrico: un cohete movido por combustible líquido.
26 de marzo
— Izack 4×4 VIDA 💙🧙🏻♂️ (@Izack4X4) March 27, 2025
El 26 de marzo de 1926, Robert H. Goddard lanzó con éxito el primer cohete propulsado por combustible líquido en Auburn, Massachusetts, Estados Unidos.
Este evento marcó un hito en la historia de la astronáutica, ya que demostró la viabilidad de los cohetes de… pic.twitter.com/Y3hLFWLiP9
Hasta entonces, los cohetes eran, esencialmente, dispositivos de pólvora sólida, capaces de producir empujes breves y poco controlados. Goddard estaba convencido de que el futuro estaba en emplear combustible líquido —en este caso, oxígeno líquido y gasolina—, regulando el flujo para obtener un empuje sostenido y eficiente, susceptible de escalarse. Su cohete, un entramado esbelto de tubos y depósitos, medía alrededor de diez pies (unos 3 metros), pero lo que de verdad importaba no era la altura, sino el principio.
Aquel día frío, el cohete se elevó 41 pies (12,5 metros) en 2,5 segundos, alcanzando unos 60 km/h antes de caer a 56 metros del punto de despegue. Desde la perspectiva de quien hoy ve despegar un Falcon 9 o un Ariane, el resultado parecería ridículo; en 1926, era una revolución silenciosa. Por primera vez, alguien había demostrado que un cohete alimentado por combustible líquido podía ser encendido, controlado y hacer trabajo útil, algo sin lo cual ninguna misión orbital, misil balístico o sonda interplanetaria moderna sería posible.
En 1926 Goddard probó el primer cohete de combustible líquido. Un siglo después, esta tecnología sigue dominando con el V2, R7 y Atlas. ¿Habrá un cambio radical en motores espaciales? Ciencia y conocimiento desde el Planetario de Bogotá. Crédito: NASA
— Planetario de Bogotá (@planetariobta) September 15, 2025
Crédito: NASA#AquíSíPasa pic.twitter.com/Rfa0KSv4je
El contexto social no fue amable. La prensa se burló de Goddard: algunos diarios lo presentaban como un científico distraído que hablaba de viajar a la Luna cuando ni siquiera se había cruzado aún el Atlántico en avión de línea con normalidad. El propio Goddard tuvo que defender sus ideas ante artículos sarcásticos que le reprochaban “desconocer” la física de los cohetes; ironías de la historia, hoy lo conocemos como el “padre de la astronáutica práctica”, con un cráter lunar y un centro de la NASA que llevan su nombre.
Diez años que cambiaron el tablero: de caza monoplano a cohete líquido
Colocar el Spitfire de 1936 y el cohete de Goddard de 1926 en la misma línea temporal permite entender lo comprimida que estuvo la innovación aeronáutica y espacial en la primera mitad del siglo XX. En menos de una década, la humanidad pasó de consolidar el caza monoplano de altas prestaciones a probar con éxito el principio físico que haría posibles, años después, misiles de largo alcance, cohetes orbitales y viajes espaciales.
Cuando el K5054 saltó al aire en Eastleigh, el mundo todavía no había visto despegar un V‑2 alemán, ni un R‑7 soviético, ni un Saturn V estadounidense. Pero el primer ladrillo estaba colocado desde aquel día de nieve en Auburn: la idea de que, si se podía controlar el flujo de combustible líquido, se podría escalar el cohete hasta alturas literalmente astronómicas.
Flight Fantastic – Spitfire Prototype K5054. Art by Christopher J Stothard pic.twitter.com/GWyjOWXz8V
— Ron Eisele (@ron_eisele) December 9, 2025
En paralelo, el Spitfire simbolizaba otro tipo de salto: el de una aviación militar que dejaba atrás los biplanos de estructura mixta y entraba en la era del monoplano de metal, rápido, aerodinámicamente optimizado y pensado desde el principio para sacar el máximo partido a su motor. Entre ambos inventos se dibuja una línea de continuidad: un mismo impulso por reducir arrastre, aumentar eficiencia, controlar mejor la energía. En un caso, la energía de un pistón girando una hélice; en el otro, la de la combustión controlada que escapa por una tobera.
Visto con perspectiva, 1936 y 1926 funcionan como dos jalones de una misma obsesión: la de empujar los límites de la atmósfera. Primero para mover más rápido un avión dentro de ella; después, para encontrar la forma de salir de ella.
Happy 89th Birthday to the beautiful Spitfire!
— British Poles (@britishpoles) March 6, 2025
Her prototype K5054 first flown #OTD in 1936, and a legend was born!
In the picture: Polish flying ace Jan Zumbach (left) of the 303 Kościuszko Polish Fighter Squadron poses with his Supermarine Spitfire Mk.Vb EN951 RF-D in 1943.… pic.twitter.com/uTzfT1MXlv
Mitchell y Goddard: dos “locuras caras” que terminaron teniendo razón
Todo salto tecnológico tiene detrás un rostro, un carácter, una biografía concreta. En el caso del Spitfire, ese rostro es el de Reginald Joseph Mitchell, ingeniero jefe de Supermarine, un hombre que venía de diseñar hidroaviones de carreras para la Copa Schneider y que aplicó esa experiencia de velocidad y precisión hidrodinámica a la aerodinámica del caza. En el caso del cohete de 1926, el rostro es el de Robert Goddard, un profesor que mezclaba intuición física, perseverancia y una cierta indiferencia a la burla pública.
20 May 1895. Birth of Reginald Joseph Mitchell CBE FRAeS (d. 11 June 1937). English aeronautical engineer for the Southampton aviation company Supermarine. He designed racing seaplanes such as the Supermarine S.6B and led the Supermarine Spitfire design team. pic.twitter.com/QGOq5Ysit1
— Ron Eisele (@ron_eisele) May 19, 2025
Mitchell diseñó el Spitfire sabiendo que el tiempo jugaba en su contra, no solo por la crisis política europea, sino por su propia salud: murió de cáncer intestinal en 1937, un año antes de que el avión entrara en servicio con la RAF, sin llegar a ver cómo su creación se convertía en símbolo nacional. Su insistencia en un ala elíptica, en un fuselaje limpio, en una integración casi obsesiva entre motor y célula, fue vista en su momento como un lujo caro frente a soluciones más sencillas como la del Hurricane. Sin embargo, el tiempo le dio la razón: el Spitfire no solo funcionó en la guerra, sino que pudo evolucionar a versiones más potentes y seguir siendo competitivo hasta casi 1945.
Goddard, por su parte, trabajó en un entorno mucho más solitario. Sus cohetes se construían casi de forma artesanal, con recursos limitados y una mezcla de apoyo institucional intermitente y escepticismo generalizado. Mientras en Europa y, más tarde, en la URSS, se desarrollaban programas de cohetes militares con respaldo estatal, Goddard experimentaba en campos apartados de Massachusetts y Nuevo México, con un equipo reducido y un nivel de riesgo técnico nada despreciable. A muchos contemporáneos, aquella combinación de criogenia, gasolina y tubos finos les parecía una excentricidad costosa.
El es Robert Hutchings Goddard, fue un ingeniero, profesor, físico e inventor estadounidense a quien se le atribuye la creación del primer cohete de combustible líquido, lanzado con éxito el 16 de marzo de 1926. #Aeroespacial #Cohete #Ciencia pic.twitter.com/Os5zvl8A7U
— Aerodinv (@Aerodinv) June 28, 2022
Las historias personales de ambos condensan un patrón frecuente en aviación y espacio: las ideas que hoy consideramos inevitables casi siempre nacen como “locuras caras”. Un caza monoplano de ala fina cuando el estándar son biplanos robustos, un cohete líquido cuando ni siquiera hay satélites que lanzar. La diferencia entre delirio y visión suele ser el tiempo… y la persistencia.
Del Spitfire al V‑2, del V‑2 a Gagarin: una cronología mínima
Para entender qué significan estos aniversarios en 2026, basta trazar una cronología mínima que conecte ambos hitos con los grandes momentos de la aviación y el espacio:
- 1926: Goddard lanza en Auburn el primer cohete de combustible líquido, demostrando que LOX y gasolina pueden generar empuje controlado.
- 1936: el Spitfire K5054 realiza su primer vuelo en Eastleigh, inaugurando una nueva generación de cazas monoplano de alto rendimiento.
- 1942: despega el primer V‑2 operativo alemán, heredero directo de la lógica del cohete de Goddard, con motor líquido y capacidad de ataque balístico.
- 1945‑1948: se produce el gran salto de conocimiento “capturado”, con ingenieros de cohetes alemanes repartidos entre programas estadounidenses y soviéticos, lo que acelerará la carrera espacial.
- 1961: Yuri Gagarin orbita la Tierra a bordo de un Vostok 1 impulsado por un cohete R‑7, descendiente conceptual de aquel cohete de 12,5 metros levantado en un campo nevado de Massachusetts.
- 1969: el Saturn V lleva a los astronautas del Apollo 11 a la Luna, desplegando la máxima expresión de la tecnología de cohetes líquidos a gran escala.
Mientras tanto, el Spitfire recorre su propio arco: de prototipo de 1936 a más de 20.000 unidades construidas hasta 1948, en múltiples versiones, incluyendo variantes con motores Merlin y Griffon de mayor potencia y roles que van desde el caza puro al reconocimiento y la caza‑bombardeo. En paralelo, la aviación militar pasa del ala elíptica y la hélice al reactor, a la flecha y, en pocas décadas, a la aviación supersónica.
On this day in 1895, Reginald Joseph Mitchell was born.
— Defence Discount Service (@discounts_mod) May 20, 2024
He lead the team that designed the Submarine Spitfire. Between 1920 and 1936 he designed 24 aircraft.
(Image and more info here – https://t.co/3GLhMRo8sA) pic.twitter.com/huOnAxiiQf
En esa doble línea —Spitfire y Goddard— se condensa buena parte de la historia técnica del siglo XX: aprender a moverse rápido dentro de la atmósfera y aprender a escapar de ella.
2026: ver un Spitfire en vuelo y pisar el campo de Goddard
Uno de los privilegios de 2026 es que todavía podemos ver volar un Spitfire y, al mismo tiempo, visitar el lugar donde Goddard hizo despegar su primer cohete.
En el Reino Unido, la silueta del caza sigue siendo una invitada habitual en festivales aéreos como los que se celebran en Duxford, antigua base de la RAF y hoy sede del Imperial War Museum y de colecciones privadas como The Fighter Collection. Duxford fue, de hecho, base del primer escuadrón operativo de Spitfire de la RAF, y todavía hoy alberga ejemplares restaurados en estado de vuelo que despegan para conmemorar aniversarios y fechas señaladas.
Spitfire line-up at Duxford pic.twitter.com/2hRw25uSvy
— Ron Eisele (@ron_eisele) February 8, 2026
En Estados Unidos, el campo de Auburn, donde Goddard lanzó su cohete de 1926, se recuerda con placas y referencias históricas, mientras que el National Air and Space Museum conserva una réplica del vehículo, basada en fotografías originales. Es un cohete pequeño, casi frágil, muy lejos de la imagen de un booster moderno, pero verlo a escala real ayuda a entender la audacia técnica que supuso intentar mezclar oxígeno líquido y gasolina en un mundo en el que la criogenia apenas estaba explorada.
Para un lector de fin de semana, el viaje imaginario es potente: un Spitfire rugiendo sobre un festival aéreo europeo y, a miles de kilómetros y décadas en el tiempo, un cohete esbelto elevándose apenas unos metros en un campo de nieve. Entre ambos puntos, todo lo que hoy damos por sentado —vuelos transcontinentales, constelaciones de satélites, retransmisiones en directo desde la órbita— se vuelve más contingente, más frágil, más humano.
¿Quiénes son los “Mitchell” y “Goddard” de la era del hidrógeno y la reutilización?
Mirar hacia atrás solo tiene sentido si sirve para leer mejor el presente. En 2026, mientras celebramos los 90 años del primer vuelo del Spitfire y el centenario del cohete de Goddard, la aviación y el espacio viven otro momento de inflexión: aviones experimentales de cero emisiones, conceptos de fuselaje integrado y cohetes reutilizables que aspiran a despegar y aterrizar como aviones.
En el mundo de los lanzadores, figuras como Elon Musk o los equipos detrás de proyectos como Ariane Next, Neutron o los cohetes de metano reutilizables están jugando, a su manera, el papel de los “Goddard” contemporáneos: empujan la tecnología de cohetes hacia la reutilización total, nuevos propelentes, nuevas arquitecturas de etapas. En la aviación, ingenieros que trabajan en aviones de hidrógeno, alas integradas o sistemas de propulsión eléctrica híbrida ocupan el rol de los “Mitchell” del siglo XXI, proponiendo diseños que hoy muchos consideran demasiado complejos o caros, pero que podrían ser inevitables si queremos seguir volando en un mundo que exige menos emisiones.
A lone Spitfire tribute at Duxford for #remembranceday pic.twitter.com/v9dLPi7KD2
— Dave Hicks (@the_davidhicks) November 9, 2025
La historia sugiere una lección incómoda y esperanzadora a la vez: las soluciones que acaban definiendo una era rara vez parecen “sensatas” cuando nacen. Un caza con ala elíptica, un cohete líquido de tubos finos, un avión comercial de ala fusionada, un lanzador completamente reutilizable… La línea que une todos esos inventos pasa siempre por un puñado de personas dispuestas a asumir críticas, retrasos y fracasos en nombre de una intuición técnica.
Cien y noventa años después de aquellos dos días de marzo, el rugido del Spitfire y el silbido del cohete de Goddard siguen resonando detrás de cada despegue moderno. Cada vez que un avión cruza el canal o un cohete lleva una constelación a órbita, hay algo de Mitchell y de Goddard en la estela. El resto es, en buena medida, una cuestión de escala… y de tiempo.






