Un estudio de Stanford y el King's College de Londres detecta que la IA impulsa el empleo sénior y reduce el júnior en 41 países, una dinámica que colisiona con la crónica escasez de técnicos que ya afronta la industria aeroespacial.
La aviación debe su histórico récord de seguridad al empleo de sistemas automatizados que solo ejecutan aquello para lo que han sido programados, lo que hace que sus respuestas ante un problema dado sean siempre predecibles y auditables. Sin embargo, los futuros taxis aéreos urbanos pretenden apoyarse en un sistema que no sigue reglas fijas, sino que calcula probabilidades sobre la marcha. Ese sistema se llama “inteligencia artificial” y, al comportarse como una “caja negra” cuya lógica interna no se puede auditar paso a paso en caso de fallo, su llegada supondrá un choque frontal con la regla de oro de la aviación de no permitir volar a nada cuyo comportamiento seguro no se pueda garantizar de antemano. ¿Y entonces, qué?
Cuando de la noche a la mañana los «expertos» salen de sus despachos proclamando ¡Eureka! porque creen haber resuelto la congestión en cielo y tierra sin añadir un solo metro de asfalto ni de espacio aéreo, el entusiasmo suele durar poco. Apenas se estrenan sus milagrosas soluciones, la cruel realidad operativa las deja en evidencia tras colapsar por efectos en cadena, meteorología caprichosa y un drástico aumento de las incidencias de seguridad. Un paso atrás que demuestra que, en realidad, las soluciones «artificiales» de despacho no suelen ser tan… «inteligentes».