Monte Oiz: una tragedia marcada por el dolor y el impacto mediático

El accidente aéreo del Monte Oiz no solo fue un desastre sin supervivientes, sino un reflejo de cómo se trataban las tragedias en la época: sin protocolos de atención a los familiares y con una cobertura mediática que expuso el dolor sin filtros.

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C.C./Aviación Digital, Sp.- El 19 de febrero de 1985, en pleno martes de carnaval, España despertó con una de las mayores tragedias aéreas de su historia. El vuelo 610 de Iberia, un Boeing 727 apodado «Alhambra de Granada», se estrelló contra la antena de Euskal Telebista (ETB) situada en la cima del Monte Oiz, en Vizcaya, durante su aproximación al aeropuerto de Sondika.

Las 148 personas a bordo perdieron la vida. Este suceso, el más trágico en la historia aeronáutica del País Vasco, dejó una marca imborrable en la sociedad y en la forma en que los medios abordaron las catástrofes.

40 años del accidente del vuelo 610 de Iberia

Aquel martes de carnaval, el vuelo despegó del aeropuerto de Madrid-Barajas con 141 pasajeros y 7 tripulantes a bordo. Entre ellos, destacaban figuras prominentes como Gregorio López Bravo, exministro durante el franquismo o Gonzalo Guzmán, ministro de Trabajo de Bolivia. La tragedia se cernió también sobre aquellos que, por decisiones de último momento, evitaron el fatídico desenlace, como Francisco Fernández Ordóñez, entonces presidente del Banco Exterior de España, y el diputado del PNV, Marcos Vizcaya, quienes cancelaron su viaje en el último instante.

La mañana se presentaba con una densa niebla que abrazaba las montañas vizcaínas. A las 08:22 horas, la última comunicación con la aeronave se registró; instantes después, el avión impactó contra una antena de televisión ubicada en el Monte Oiz.

La colisión fue devastadora: el ala izquierda se desprendió, y el fuselaje se desintegró al deslizarse por la ladera, dejando un rastro de destrucción entre los pinos. Los equipos de rescate que acudieron al lugar se enfrentaron a una escena dantesca: restos humanos esparcidos, pertenencias personales desperdigadas y el eco del silencio sepulcral que solo una tragedia de tal magnitud puede imponer.

Sin embargo, en 1985, la prensa española se encontraba en una encrucijada entre el sensacionalismo y el respeto por las víctimas. La cobertura del accidente del Monte Oiz no fue la excepción. Los medios, ávidos de información y de imágenes impactantes, inundaron sus portadas con fotografías explícitas de los restos del avión y de las víctimas. Esta exposición, lejos de aportar claridad, sumió a la sociedad en una mezcla de morbo y dolor, generando críticas sobre la ética periodística y el tratamiento de la información en situaciones de desastre.

La investigación oficial atribuyó el accidente a un conjunto de factores. Un error en la interpretación del altímetro llevó a la tripulación a creer que volaban a una altitud superior a la real. Además, la antena con la que colisionaron no aparecía en las cartas de navegación de la época, y la espesa niebla impedía cualquier visibilidad visual de obstáculos. Este cúmulo de circunstancias resultó fatal.

Han pasado cuarenta años desde aquel fatídico día, pero el recuerdo permanece vívido en la memoria colectiva. La tragedia del Monte Oiz no solo evidenció fallos técnicos y humanos en la aviación de la época, sino que también puso de manifiesto la necesidad de una reflexión profunda sobre cómo se abordan informativamente las catástrofes. La línea entre el derecho a la información y el respeto por el dolor ajeno es delicada, y el tratamiento mediático de este accidente recuerda la responsabilidad que recae sobre los comunicadores.

La tragedia que marcó un antes y un después

El accidente del Monte Oiz no solo dejó un vacío en cientos de familias, sino que también evidenció las carencias en la forma de gestionar catástrofes de esta magnitud. En 1985, la prioridad era la recuperación de los restos y la investigación de lo ocurrido, sin que existieran protocolos que garantizaran un trato digno y respetuoso a las víctimas y a sus allegados. La cobertura informativa de la tragedia fue cruda, con imágenes explícitas que llegaron a los medios sin restricciones y con una falta de consideración hacia el dolor de los familiares.

Si una catástrofe de esta magnitud ocurriera hoy, la respuesta sería completamente distinta, adoptándose medidas específicas para proteger la intimidad de los afectados y ofrecer apoyo psicológico a quienes enfrentan la pérdida. Se evitaría la presencia de personas ajenas a los operativos de rescate y se garantizaría un procedimiento riguroso en la identificación y recuperación de los cuerpos, priorizando la dignidad de las víctimas.

En aquel entonces, la gestión de la crisis fue caótica y carente de las herramientas que hoy resultan fundamentales en cualquier operación de emergencia. Los restos fueron trasladados en condiciones que actualmente serían impensables, y la comunicación con las familias se realizó sin los cuidados necesarios, no evitando que la tragedia se convierta en un espectáculo mediático.

Por ello, el desastre del Monte Oiz marcó un antes y un después en la conciencia colectiva sobre el trato a las víctimas en este tipo de tragedias. Aunque el dolor no se puede evitar, la forma en que se enfrenta una situación así ha evolucionado para garantizar que la memoria de quienes perdieron la vida sea honrada con el respeto y la humanidad que en aquel momento les fueron negados.

En la actualidad, aunque la tecnología y los protocolos de seguridad han avanzado significativamente, el legado del Monte Oiz persiste como una llamada a la empatía, al respeto y a la ética en la cobertura de tragedias humanas.

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