El telescopio aerotransportado SOFIA redescubre que hay agua en la Luna

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Atalayar .- El observatorio de la NASA y la Agencia Aeroespacial Alemana a bordo de un Boeing 747 vuelven a confirmarlo. Científicos de la Administración Nacional de la Aeronáutica y el Espacio de Estados Unidos (NASA) vuelven a confirmar la existencia de agua en la Luna, nada menos que 11 años después de que hicieran tal anuncio. 

Lo que acaba de lograr el Observatorio Estratosférico para la Astronomía Infrarroja SOFIA es identificar moléculas de agua en zonas de la superficie lunar iluminadas por el Sol. Sin embargo, el radar de apertura sintética norteamericano Mini-SAR instalado a bordo de la sonda espacial de India Chandrayaan-1 ya detectó agua en pequeñas cantidades en el lado oscuro de la Luna a finales de septiembre de 2009. 

La noticia difundida ahora a bombo y platillo ha sido muy meditada en el Cuartel General de la NASA en Washington, en el seno del equipo directivo que preside Jim Bridenstine. Con el respaldo de la Casa Blanca, la Agencia está inmersa en el proyecto Artemis de retorno a la Luna, cuya primera misión tripulada sigue programada para el año 2024.

La NASA busca el apoyo de los contribuyentes norteamericanos para que un triunvirato de hombres y mujeres astronautas norteamericanos vuelvan a poner sus pies y la bandera de barras y estrellas sobre la polvorienta y rocosa superficie de Selene.

Como cada kilo enviado a la órbita supone invertir cientos de miles de euros, el descubrimiento viene acompañado de manifestaciones en el sentido que las futuras misiones tripuladas lunares serán más baratas que las misiones Apolo de los años 70, si es posible eliminar o disminuir el peso de llevar depósitos de agua.

Entre los telescopios espaciales y los terrestres

Jim Bridenstine, el mandamás de la NASA, ha sido prudente y ha recalcado que los científicos aún no han determinado si las moléculas de agua encontradas se podrán “usar como recurso”. Pero reconoce que el agua en la Luna “es clave para nuestros planes de exploración Artemis”.

El profesor Casey Honniball, del Instituto de Geofísica y Planetología de Hawái,  ha puesto de relieve que “si se localizan zonas donde se pueda extraer agua en abundancia”, los astronautas podrán disponer de “suministro para su propio consumo y para fabricar combustible para cohetes”. Lo que no se dice es el coste de los equipos para extraer el mineral lunar y convertirlo en el líquido elemento.  

El comunicado de la NASA se hace público en plena campaña por las elecciones presidenciales de Estados Unidos, lo que obliga al candidato republicano Donald Trump y al demócrata Joe Biden a posicionarse sobre Artemis y la exploración del espacio.

SOFIA es una solución intermedia entre los costosos telescopios emplazados en el espacio, como es el caso del Hubble, y la construcción de grandes telescopios terrestres fijos localizados en lugares altos y secos, entre ellos el Observatorio Europeo Austral. Situado en el desierto de Atacama, en Chile, alberga el denominado Telescopio Extremadamente Grande, el mayor ojo del mundo para observar el cielo. 

Frente a los modelos de observatorio espacial o terrestre, la NASA y el Centro Aeroespacial Alemán (DLR) concibieron el Observatorio Estratosférico para la Astronomía Infrarroja. El resultado es el Observatorio Estratosférico de Astronomía Infrarroja, más conocido como SOFIA ‒acrónimo del inglés Stratospheric Observatory for Infrared Astronomy‒, que lleva a bordo un telescopio refractor aéreo de 20 toneladas y 2,5 metros de apertura, el más grande del mundo.

Volando por encima de la atmósfera

El instrumento está instalado en un cuatrimotor comercial Boeing 747 SP modificado procedente de la aerolínea norteamericana United Airlines. Acoge un equipo de personal técnico para moverlo y su labor desde cualquier zona de la Tierra es estudiar el Universo en el espectro infrarrojo ‒que no es visible por el ojo humano‒, de forma preferente los diferentes astros de nuestro sistema solar y el nacimiento y muerte de estrellas.

Volando de noche a un techo operativo comprendido entre los 11,5 y los 13,7 kilómetros, SOFIA ofrece dos grandes ventajas. Por un lado, evita las distorsiones provocadas por el vapor de agua de la atmósfera terrestre, lo que le permite observaciones muy nítidas, en especial en la mayor parte del rango infrarrojo. En segundo término, el hecho de estar instalado sobre un gran avión consigue que pueda avistar el cielo desde cualquier parte del mundo. No obstante, su coste anual que supera los 80 millones de dólares.

El Centro de Investigación Ames de la NASA en California gestiona el programa, las operaciones científicas y las misiones de vuelo, que se realizan en cooperación con el Instituto Alemán SOFIA de la Universidad de Stuttgart y la Asociación de Investigación Espacial de Universidades de Columbia, en el estado de Maryland.

Aunque el Boeing 707 SP opera desde el Centro de Investigación de Vuelos Armstrong de la NASA, en la base aérea de Edwards, también en California, a finales de septiembre SOFIA fue trasladado al centro técnico de Lufthansa en Hamburgo. Allí se procede a una exhaustiva revisión programada del avión y de sus equipos a bordo, incluido el telescopio, lo que se efectuará hasta mediados de 2021 por personal de la NASA y del DLR.

SOFIA no es el primer telescopio científico que se instala de un gran avión. Tal honor le corresponde al Observatorio Aerotransportado Kuiper o KAO (Kuiper Airborne Observatory) también de Estados Unidos. En este caso la aeronave era un transporte militar C-141 Starlifter que alojaba un reflector de 91,5 centímetros de apertura. Entró servicio entre 1974 y fue retirado en 1995, periodo en el que descubrió los anillos de Urano y ratificó la existencia de la atmósfera de Plutón.

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