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junio, miércoles 29, 2022

En nombre de la libertad

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Oscar MolinaCuenta cómo desde los años 80, y en nombre de la Libertad, se llevó a cabo un desmontaje concienzudo e impenitente de todos los controles existentes en el sistema financiero, para convertirlo en una suerte de salón de tragaperras en el que todo acabó estando permitido, siempre y cuando la llave de las máquinas estuviese en las manos elegidas.

En esta feria de vanidades los billetes abundaban tanto que andaban desparramados por el suelo en cantidades ingentes. Lo malo es que nadie parecía quererse dar cuenta de que toda esa profusión llevaba impresa la palabra «Monopoly» con letras bien grandes, y de que el único dinero contante y sonante del montaje se encontraba en los bolsillos de los dueños del cotarro, quienes habían montado las barracas con el permiso de unos alguaciles tan irresponsables como interesados. A esa fiesta del cartón piedra acudimos todos, convencidos ilusamente de que pagar la entrada al sarao para poder verlo desde lejos equivalía a estar invitados.

El día que se produjo el derrumbe largamente anunciado, los organizadores de la juerga desaparecieron con nuestro dinero (ya suyo), los alguaciles fingieron sorpresa y los que habíamos pagado todo aquello nos quedamos con una mano delante y otra detrás. Corrimos al departamento de reclamaciones de la feria y lo único que encontramos fue la maquinita de Zoltar que, previo pago, extendía una tarjetita en la que se leía: «La Avaricia Rompe el Saco», mientras reproducía una grabación con las carcajadas de Richard Fuld.

En nombre de la Libertad se consintió que el importe de las cosas fuese lo que se pagaba por ellas, en vez de lo que valían. Se toleró que esas cosas fueran lo que parecían, en vez de obligarlas a parecer lo que eran. Se permitió que el aire se convirtiera en bonus, y se articuló un sistema que eximía de responsabilidad posterior a los autores del milagro. Más tarde, con todos esos listos de rositas y su dinero en paraísos fiscales la factura vino al cobro, cargada en la cuenta de los que sufrimos el artificio mientras ellos no han devuelto un duro, y hasta ocupan cargos públicos.

En su nombre consiguieron que interiorizásemos paletamente vocablos como beneficio, rentabilidad, competitividad y otras piedras filosofales de una economía «en Libertad»; argumentos de una sola palabra con fuerza para llevarnos a la última trinchera de la dignidad laboral en tiempos de vacas infladas.

Y paradójicamente, en nombre de la Libertad nos hemos vuelto menos libres, porque el fin de la fiesta nos ha traído a su mayor enemigo: el miedo. Se acabó la orgía del crédito, de la financiación de lo innecesario con cargo a un futuro inexistente. Ahora, que la cera que ardía dio sus últimas bocanadas en nuestras pestañas lo que encontramos enfrente es un abismo al que tenemos pavor. El precipicio de no poder mantener una vida comprada a futuro nos aterra. Nos han cargado los platos rotos, y de la misma manera que nos convencieron de que el cinturón apretado era garantía de que la bicicleta no se cayera, ahora nos vienen a decir que la culpa es nuestra, como nuestro es el montante del rescate a pagar por un lugar en el paraíso del que nos desalojaron. Lo aceptaremos, porque tenemos miedo. Y pagaremos, porque el miedo que nos roba la Libertad viene apoyado en su nombre. Otra vez.

Seguiremos en la rueda, la de la falsa seguridad que nos ofrecen quienes dicen garantizarnos el modo de vida que tememos perder. Y lo haremos a cambio de un peaje que no está en nuestra cuenta corriente, pero que sí cotiza en bolsa: nuestra Libertad. Porque mientras los que administran nuestro miedo sean capaces de ponérnoslos de corbata con horizontes de despidos, pandemias inexistentes y atentados inminentes…serán los dueños de nuestra vida, curiosamente disfrazados de garantes de la Libertad. Volverán a comprobar cómo nos arrastramos para no perder lo que tenemos y como nos vamos despedazando entre nosotros en virtud de un calendario que no conoce el albedrío, pero que hace mucho que tiene las fechas marcadas.

Todo en nombre de la Libertad, la que aún hoy creemos que se puede comprar y pagar mes a mes.

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