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octubre, sábado 23, 2021

Discernimiento con origen criterio: Delayed

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DelayedPongamos que es un fin de semana cualquiera, el inicio de un puente o unas vacaciones que esperamos con ganas. Pongamos que decidimos meter nuestro equipaje en el maletero del coche y abandonar la ciudad, que bien merece uno un descanso y para ello se trabaja todo el año. (Lo C.Gutiérrez/AN EYE IN THE SKY)

Complacidos y dispuestos iniciamos nuestra adocenada marcha -de nuevo a 120 km/h tras haber superado la crisis de dependencia energética gracias al límite de 110 km/h impuesto durante unos meses- para llegar, en un lapso de tiempo calculado con esmero, a nuestro destino.
Todo transcurre con la placidez habitual de un trayecto ocioso hasta que algo nos hace fruncir el ceño y torcer el gesto: un atasco. Rápidamente miramos el cuentakilómetros y comprobamos con decepción que no hemos recorrido ni la mitad del camino. Lo siguiente será comenzar a hacer conjeturas sobre la causa del monumental embotellamiento: ¿será un accidente? ¿Obras en la calzada? ¿El mal tiempo? Los más impacientes darán media vuelta e intentarán buscar una ruta alternativa. El resto continuarán cuales cofrades en procesión de Semana Santa para acabar averiguando que el origen de semejante vía crucis se haya en que 3 de las 6 casetas del peaje permanecen cerradas obligando a encauzar todo el flujo de tráfico por las restantes y dificultando así la circulación.
No importa que hayamos optado por variar el derrotero o por seguir el itinerario convirtiéndonos en versiones motorizadas del Santo Job, lo cierto es que nos han hecho perder nuestro preciado tiempo y nuestro no menos preciado dinero obligándonos a consumir más combustible de ese que no hace más que subir de precio aunque el barril de Brent cotice a la baja. Sumemos también el consabido malhumor que probablemente nos invadirá mientras auguramos una nueva pesadilla en el camino de regreso y que no hará más que amargarnos lo que deberían haber sido unos días de ansiada tranquilidad. ¿Quién nos resarce de eso? ¿Se nos ocurre denunciar a la DGT, al Ministerio del Interior, al de Fomento o a la concesionaria de la autopista por considerarlos responsables? No. El ataque de indignación no irá más allá de una queja airada circunscrita al habitáculo de nuestros automóviles y que solo resonará en los oídos de nuestros también sufridos compañeros de viaje.
Pongamos que en lugar del coche hemos decidido coger las maletas y tomar un avión porque con tanto estrés no estamos ni para conducir. Con las ilusiones intactas llegamos al aeropuerto con la consabida hora y media o dos de antelación que aconseja la aerolínea que nos expende el billete. Los precavidos, llegarán incluso antes, no sea que tanto engorroso control de seguridad les haga perder el vuelo. Con el equipaje facturado y tarjeta de embarque en mano ya podemos dedicarnos a admirar los mármoles de la terminal -que no se sabe lo que han costado pero hay que ver lo aparentes que quedan. Habiendo sucumbido a la tentación del duty-free nos dirigimos a la puerta asignada porque el embarque está próximo y, en un alarde de polivalencia, nos sentamos pacientemente a esperar con la atención dividida entre las pantallas de información, la revista comprada 10 minutos antes, la música que suena en nuestros reproductores de última generación y el TL de Twitter, que para amenizar las esperas es único. Transcurrido un tiempo, nos agitamos incómodos en el asiento y nuestras piernas empiezan al bailar no al son de la música que estamos escuchando sino al de un tic indicativo de que la paciencia se está colmando. Nuestra mirada divaga por la sala incapaz de mantener la atención en nada concreto hasta que de repente se cruza con un grupo de pasajeros que parecen tener un intenso intercambio de pareceres.
Como a curiosos no nos gana nadie, nos quitamos el auricular para escuchar algo que nos reafirme en lo que ya sospechábamos: los controladores aéreos vuelven a la carga con sus huelgas de celo. Además, no podemos dejar pasar la oportunidad de unirnos a la conversación para elevar el nivel de la misma gracias a la aportación de preciadas insinuaciones -que para eso ve uno las noticias cada día- y por si fuera poco lo tuiteamos, pues ya se sabe que no hay nada que una más que una buena indignación compartida.
Es más, con ese sentido común del que los medios de comunicación nos han dotado, decidimos que lo que hay que hacer es demandarlos. Por fin nos sirven a alguien sobre quien descargar la ira de nuestras decepciones. Ellos y solo ellos son los responsables del desaguisado pues dice el ministerio que las medidas adoptadas para la mejora del servicio de tránsito aéreo en España son revolucionarias, eficaces y que hasta Eurocontrol les felicita. ¿Cómo vamos a cuestionar lo contrario? Eso sería contravenir las estrictas normas de etiqueta que nos impedirían ser solemnes miembros del club de la masa enfurecida.
Lo que está acaeciendo en el espacio aéreo español es bastante parecido a lo que ocurre cuando una autopista se colapsa al no tener suficiente personal habilitado en los peajes para hacer frente a un volumen de tráfico masivo o a lo que sucede cuando acudimos al hipermercado de costumbre, cuya mala previsión les lleva a tener más de la mitad de cajas cerradas en el preciso día en que se produce una avalancha de clientes.
La capacidad de un sector aéreo es un factor subjetivo que depende de diversas circunstancias. Lo normal sería que se llevaran a cabo estudios de ocupación para determinarla. Dependiendo de la complejidad del tráfico que atraviese el sector, el controlador puede sentirse cómodo operando con 20 aviones simultáneamente o en ocasiones tan solo 6 o 7 aviones mal colocados, en conflicto, con tormentas u otros factores meteorológicos pueden hacérselo pasar mucho peor.
Los estudios de ocupación delimitan la capacidad máxima de cada sector, es decir, el número de aviones que jamás se debería superar en pro de la seguridad, por lo que es bastante preocupante que por motivos de rentabilidad se esté permitiendo un exceso de entre el 10% y el 15% respecto de esa capacidad máxima. Lo que está ocurriendo últimamente es que no se abren regulaciones hasta que se prevé que se va a superar ese 10% o 15% e incluso, a veces, el 20% del número máximo de aviones que se suponen que puede entrar en un sector, lo cual genera grandes sobrecargas.
El sistema era de per se muy seguro luego de décadas donde se dio prioridad absoluta a la seguridad mediante métodos que aseguraban la redundancia en los sistemas, el desarrollo del concepto de cultura justa para fomentar la notificación de incidentes y la mejora continuada de los procedimientos, descansos adecuados, respeto a las capacidades y consideración del factor humano. No obstante, parece que actualmente la preferencia se decanta por los beneficios a toda costa, a lo que decisivamente ha contribuido la llegada de las compañías de bajo coste y sus abusivas prácticas así como también la crisis económica global que ha acelerado la tendencia a los recortes económicos en aras de la rentabilidad.
Esta semana el diario Cinco Días publicaba un artículo que explica a la perfección los verdaderos motivos de los retrasos que fustigan a nuestros aeropuertos. Como fue escrito por un controlador y el sectarismo nos hace suspicaces, muchos habrán decidido no leerlo para seguir teniendo una cabeza de turco a quien culpar, pues sin ella no habría modo de sentirse realizados.
A fecha de hoy AENA no ha hecho pública la nota donde se pueda leer la felicitación de Eurocontrol por las medidas tomadas. Sí hemos podido, en cambio, leer que el organismo europeo de gestión del tránsito aéreo se reconoce incapaz de solucionar los retrasos en Barajas y que 7 de nuestros aeropuertos se colocan en el ranking de los 20 europeos que más retrasos acumulan. Retrasos que nunca son convenientemente explicados porque eso sería tirar de la manta y reconocer la incapacidad de gestión del operador español ejemplificada en decisiones tan descabelladas como cambiar el software de los radares en vísperas del fin de semana con más tráfico aéreo del año sin informar a los usuarios del aeropuerto de Barcelona de que las demoras que están sufriendo se deben precisamente a fallos del sistema. El despropósito es tal magnitud que el 28 de junio España acumulaba más demoras que Grecia, a pesar de la huelga general convocada en el país helénico.
Enfrentar la realidad y admitir que tu capacidad de criterio ha sucumbido a la estrategia de la manipulación no es fácil. Es por ello que no se quiere despertar y vamos postergando el juicio cabal de los acontecimientos a la espera de algo que nos continúe reafirmando en las falacias que nos hicieron creer. Parafraseando a los paneles informativos de los aeropuertos, a veces creo que más que "delayed", nuestra habilidad para discernir ha sido "cancelled".

Lo C. Gutiérrez


Otras fuentes consultadas:
* Informe Coda Digest sobre retrasos aéreos en Europa (Eurocontrol)
* Muy útil para los interesados en verificar información: Portal CFMU NOP de Eurocontrol

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