“Regalos” que nos caen del cielo…, como la Lotería

J.M.M.C.

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Santa Cruz de Tenerife, SP.- Por refrescar un poco la memoria, mencionaré unos pocos de los muchos casos ocurridos.  El 24 de enero de 1.978, el satélite soviético Cosmos 954 alimentado por un reactor nuclear con 50 kilogramos de uranio 235, se precipitó sobre una zona poco poblada canadiense a lo largo de 600 kilómetros. Hubo que descontaminar 124.000 kilómetros cuadrados y se estimó que solamente fue recuperado el 1% del material radioactivo del satélite. El gobierno de Canadá valoró este trabajo de limpieza en unos 6.000.000 dólares canadienses, de los cuales la Unión Soviética se avino a pagar la mitad. No hace falta tener mucha imaginación para figurarse lo que hubiera pasado de haber caído sobre una zona densamente poblada.

En julio de 1.979, el laboratorio espacial Skylab de los EE.UU. de unas 100 toneladas, después de haber permanecido en el espacio durante 6 años se precipitaba sobre el Océano Indico, diseminando sus fragmentos sobre una franja de aproximadamente 6.000 kilómetros de largo y unos 200 de ancho, sembrando de restos un espacio desde las proximidades del Cabo de Buena Esperanza hasta la parte occidental del continente australiano.

Afortunadamente no hubo que lamentar ninguna víctima ni daños materiales, salvo el curioso anécdota, que poco tiempo después de este incidente, Australia envió a la NASA una multa de 400 dólares por arrojar basura en zona de dominio público. No parece el final más digno para un laboratorio espacial.

El 7 de febrero de 1.991, restos de la estación espacial soviética Salyut-7 cayeron sobre territorio argentino; los Andes, Buenos Aires, Entre Ríos, Capitán Bermúdez, Piedritas, océano Atlántico, etc. Pudo provocar una gran catástrofe, porque un fragmento llegó incluso a aterrizar en el patio de una vivienda, aunque afortunadamente el incidente más grave fue solamente un incendio en un basurero de Puerto Madryn, y tampoco hubo que lamentar víctima alguna.

El 23 de marzo de 2.001, la estación espacial rusa MIR con una masa de más de 120 toneladas, después de meter el miedo en el cuerpo a varios países, se precipitó al sur del océano Pacifico sin mayores consecuencias.

Son muchos los ingenios espaciales que con frecuencia reentran en la atmósfera terrestre, destruyéndose con las altas temperaturas que se generan al rozar con el aire, sin que esto suponga una amenaza seria a propiedades o personas, salvo si hay piezas que por su tamaño y composición sobrevivan y puedan caer en lugares poblados.

Sin ir más lejos, en noviembre de 2.015, se precipitaron varios fragmentos de basura espacial en Murcia, Cuenca y Alicante. Sirva como ejemplo esta foto del objeto hallado en una zona rural de Calasparra (Murcia). Tiene un peso de unos 20 kilos y un metro de diámetro aproximadamente.

La realidad es que nuestro planeta tiene más superficie de agua que sólida, por consiguiente hay más probabilidad que los fragmentos caigan en el agua que en la tierra.

Además la relación de superficies despobladas es mucho mayor que las pobladas, lo que hace que la probabilidad que caigan en una zona poblada, que sería donde más daño podrían hacer estos restos, es aun más remota.

Dicho todo esto ¿por qué toda esta monserga?

Toda esta monserga viene, a que para esta primavera del 2.018 hay anunciado otro regalo del cielo, que como la lotería, no se sabe donde va a caer ni a quien le va a tocar. Se trata de la estación espacial china Tiangong-1 de más de 8 toneladas.

Se sabe donde no va a caer, que es en latitudes superiores a 43 grados del Hemisferio Norte y latitudes superiores a 43 grados del Hemisferio Sur, pero no se sabe donde sí va a caer, porque dentro de la franja entre los 43 grados norte y los 43 grados sur, puede aparecer en cualquier sitio.

¿Por qué caen a la Tierra todas estos artefactos fabricadas por el hombre, de forma descontrolada, sin saber hasta el último momento el lugar exacto?

Por la misma razón que el vecino del tercero deja el colchón viejo o la lavadora inservible, de noche, en un lugar discreto, sin que nadie sepa donde, hasta que lo ven sudando la gota gorda depositando con mucho cuidado el regalito que lleva a cuestas. Es más cómodo y sobretodo más barato hacer esto que llevarlo a un punto limpio.

Cualquier ingenio espacial se puede hacer caer de forma controlada para que tenga lugar en un área determinada donde no cause mayores daños. Generalmente, el lugar más propicio suele ser el océano, emitiendo previamente una nota de alerta para evitar la navegación en ese momento y lugar, por motivos de seguridad.

Todos sabemos que cuando se quiere, se puede. Tenemos los ejemplos de las cápsulas del proyecto Apolo, que amerizaban en una zona determinada donde ya estaban esperando su llegada para recogerlos, el trasbordador espacial Shuttle, lo hacía aterrizando con gran precisión sobre una pista como los aviones, la nave espacial Soyuz en la estepa de Kazajistán, las misiones que visitaron la Luna, en los lugares preestablecidos o los “rovers” que van a Marte a unos puntos predeterminados, etc.

Entonces ¿por qué no se hace lo mismo con todos estos ingenios espaciales que nos tienen durante una temporada con el alma en vilo?

Por la misma razón que tenemos una nutrida capa de chatarra espacial orbitando descontroladamente la Tierra a velocidades de varios miles de kilómetros por hora, a pesar de suponer un gran peligro para todo lo que se interponga en sus trayectorias; estaciones espaciales, astronautas, satélites operativos, misiones dirigidas al espacio profundo, etc. La razón principal es la de siempre, por “LA PLATA”, que diría algún amigo del otro lado del charco, esa es la palabra mágica, “EL DINERO”.
Es más cómodo y barato dejar discretamente el colchón viejo o la lavadora inservible en la esquina de la acera, que llamar al “cuñao” para que nos eche una mano, cargarlo en el coche, gastar gasolina, dejarlo en el punto limpio, adecentar después el maletero que ha quedado echo unos zorros, etc. etc. Lo mismo ocurre si se tiene que dotar a cada satélite o estación espacial de un módulo adicional con capacidad de control y combustible suficiente para poder controlarlo al final de su vida útil. Esto supondría más equipo, más peso, más volumen y por consiguiente, más dinero.

Se estima que actualmente hay más de 4.500 satélites en órbita terrestre, de los cuales 1.700 aproximadamente están operacionales, el resto es chatarra espacial junto con restos de cohetes, herramientas perdidas por astronautas o fragmentos de colisiones. De todas formas, la vida útil de estos ingenios espaciales suele ser desde unos pocos meses a más de 15 años (el más antiguo aun activo es el Amsat-Oscar 7, un satélite de comunicaciones lanzado en 1.974), y más tarde o más temprano todo ese enjambre regresará como los salmones al lugar donde nacieron, la Tierra.

La amenaza no es solamente que te caiga un buen trozo humeante encima sin comerlo ni beberlo, existen otros peligros adicionales, como que algunos satélites para producir la energía que necesitan para su normal funcionamiento, están dotados de generadores nucleares con capacidad para contaminar de radioactividad grandes áreas, o depósitos de hidrazina, un combustible muy utilizado en este sector y altamente tóxico, siendo muy recomendable no estar en contacto con ninguno de los dos. Además de la inseguridad y dificultad que supone toda esta basura espacial para seguir investigando y dando los extraordinarios servicios que se dan desde el espacio, como son las comunicaciones, observación meteorológica, telescopios para explorar el firmamento o datos de la propia Tierra.

En el año 2.009 colisionaron dos grandes satélites, el Iridium 33 de los EE.UU. con el ruso Kosmos 2251 ya inactivo; de estas colisiones surgen multitud de fragmentos que chocan una y otra vez unos con otros, ocasionando lo que se conoce como el síndrome de Kettler, es decir que al final se pueden originar tal cantidad de fragmentos por una especie de colisiones en cadena que limite o resulte imposible el uso de determinados segmentos del espacio.

España además de contar con el Real Instituto y Observatorio de la Armada (ROA), con sede en San Fernando (Cádiz), para rastrear basura cósmica, y el radar experimental monoestático fabricado por INDRA y el Instituto Fraunhofer de Física de Alta Frecuencia y Técnicas de Radar (FHR) en Wachtberg (Alemania), para la Agencia Espacial Europea (ESA), instalado en la Estación Radionaval de la Armada en Santorcaz (Madrid), existe también una instalación de titularidad privada (Elecnor Deimos Sky Survey), para el seguimiento de asteroides, satélites y basura espacial. Esta instalación está situada en el Parque Natural de Sierra Madrona, con el centro de control en Puertollano (Ciudad Real), prediciendo entre otras cosas, los riesgos de colisión con satélites operativos para poder alertar a los operadores y que los puedan mover anticipadamente evitando que sean dañados o destruidos.

No hace falta ser profeta para adivinar que “ tanto va el cántaro a la fuente, … que al final se rompe”.
El Sr. Murphy, sabe que es cuestión de tiempo, más tarde o más temprano, alguna pieza de gran tamaño caerá sobre algún edificio, persona, vehiculo etc. causando daños materiales, y posibles víctimas.

Ahora viene la pregunta del millón. ¿Cuándo se resolverá de una vez esta amenaza constante?

Para los que ya tenemos cierta edad, la respuesta es bastante fácil.

Esto se resolverá (como en casi todas los casos de riesgos potenciales anteriores a lo largo de la historia), cuando ocurra alguna gran desgracia, mientras tanto pasará como en el himno de un bonito Principado del Norte, que repite: “tengo de subir al árbol, tengo de coger la flor, …” pasa el tiempo y, ni se ha subido al árbol, ni se ha cogido la flor.
J.M.M.C.

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