
Nuestro anónimo informante sabe de qué habla. Por sus manos radiofónicas pasaron DC8,DC9 o B747. Las 9:45 en Madrid, y su vista se fijó en un hombre delgado, sin afeitar desde hacía días, un pantalón de chándal con una raya en el costado, camisa oscura y una llamativa chaqueta azul con tres relucientes galones dorados. Muy cerca la llamada «Cruz de los Caídos». Intención de cruzar la calle, dudas de quien no sabe muy bien dónde se dirige, pues no hay slot alguno vital que cumplir hoy o mañana. El testigo de la escena acomula 1700 vuelos a sus espaldas, y la escena, pasados los años, le llegó a lo más hondo de su corazón viendo aquel panorama. De ahí su tristeza al comprobar como los galones, esos tres galones de segundo piloto, permanecían en la chaqueta.
Nuestro testigo callejero tras su jubilación pasa algunas horas con un simulador. Pero la escena de esta persona descuidada por la calle, con los tres galones que algún día fueron de un piloto, no es simulable. Es real. Es tremenda para él, que sigue manteniendo un gran interés por todo lo relacionado con la aviación, y un enorme respeto por todas las especialidades que habitan alrededor de ella.
En unos tiempos en los que la profesionalidad, simplemente eso, la profesionalidad, no se equipara a prestigio social, el observador no puede dejar de pensar en todos esos segundos que día a día hacen posible que volar sea seguro, y que en innumerables ocasiones son primeros espadas de una profesión que hoy en día paga por volar, paga por formarse y además, ni tan siquiera tiene el prestigio social, el reconocimiento profesional, cuando todos sabemos que algunos de nuestros mejores pilotos ni tan siquiera tienen la opción profesional de progresar en el escalafón, porque en algunos despachos la imperante ingeniería aerocomercial-financiera se muestra indolente ante la profesionalidad.






