La NASA se pasa al disco: DiskSat, el satélite circular que quiere jubilar al CubeSat

Gracias a su gran superficie y a la posibilidad de integrar propulsión eléctrica la plataforma DiskSat se perfila como una candidata ideal para constelaciones dedicadas a comunicaciones seguras radar de apertura sintética y observación de la Tierra en órbitas muy bajas

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Claudia C./ Aviación Digital, Sp.- En una industria que tradicionalmente ha concebido los satélites con geometrías angulosas y previsibles, la NASA y The Aerospace Corporation han decidido romper el molde al poner en órbita un satélite con diseño circular, desafiando décadas de convenciones en ingeniería espacial. Un “plato” de un metro de diámetro y apenas dos centímetros y medio de grosor que, lejos de ser una excentricidad geométrica, apunta a una pregunta muy concreta: cómo ganar potencia, superficie útil y capacidad de maniobra sin renunciar a las ventajas del estándar CubeSat.

La respuesta tiene nombre propio, DiskSat, y ya vuela en órbita baja de la mano de la Fuerza Espacial de Estados Unidos y Rocket Lab, en una demostración tecnológica que puede marcar el futuro de las constelaciones de pequeños satélites.

Por qué hacía falta un DiskSat

Durante dos décadas, el formato CubeSat se ha convertido en la lengua franca de los satélites pequeños: modulares, relativamente baratos, estandarizados y fáciles de lanzar gracias a su contenedorización en dispensadores comunes. Esa arquitectura ha democratizado el acceso al espacio a universidades, start‑ups e incluso equipos de estudiantes, pero también ha mostrado sus límites: la superficie disponible para paneles solares y antenas es escasa, la potencia eléctrica es reducida y el volumen interior se queda corto para instrumentos científicos exigentes.

Para un ingeniero de misión, eso se traduce en renuncias: telescopios más pequeños, radares recortados, ventanas de comunicaciones estrechas o campañas de observación menos ambiciosas. DiskSat nace precisamente para romper ese techo físico, manteniendo lo que funciona del modelo CubeSat —la contenedorización y los subsistemas “de catálogo”— y cambiando lo que se había convertido en un corsé: la geometría. El resultado es un satélite que encaja en el mismo contenedor de lanzamiento que un CubeSat, pero que, una vez desplegado, multiplica la superficie expuesta al Sol y al espacio.

Un “plato” de un metro que viaja en pila

La plataforma DiskSat mantiene el uso de un contenedor estándar, pero sustituye el prisma por un disco plano que recuerda a una mesa de café ligera: 40 pulgadas (un metro) de diámetro y una pulgada (2,5 cm) de grosor en la versión de demostración. La estructura se basa en un panel sándwich de núcleo de panal de aluminio con láminas de fibra de carbono, una solución muy familiar para quienes trabajan en aeronáutica y que permite alta rigidez con muy poca masa.

En la práctica, esto se traduce en un volumen interno equivalente a un hipotético CubeSat de unas 20U, pero distribuido en una sola “planta”, donde la electrónica, la propulsión y la carga útil se extienden de forma más accesible. Para el integrador, esa disposición plana simplifica el cableado, el acceso a los equipos durante las pruebas y la gestión térmica, al tiempo que deja libre una gran superficie para paneles solares o antenas de alta ganancia. En el lanzamiento, los discos se apilan como platos dentro del dispensador, separados por pequeños márgenes gracias a la rigidez estructural demostrada en modelos de elementos finitos que muestran flexiones inferiores a un milímetro incluso bajo cargas de más de 40 g.

Alta potencia y alta apertura en formato compacto

La gran baza del DiskSat es su superficie útil. Donde un CubeSat clásico lucha por desplegar pequeños paneles solares y antenas plegables, el disco ofrece, desde el primer momento, un “campo” continuo donde colocar módulos fotovoltaicos, matrices de antenas o sensores de gran apertura. Eso permite alcanzar potencias de generación eléctrica que, para misiones de comunicaciones o radar, marcan la diferencia entre un experimento puntual y un servicio operativo.

Además, el diseño puede escalarse: el diámetro puede adaptarse a las limitaciones de la cofia del lanzador sin cambiar el sistema de despliegue, lo que abre la puerta a versiones más grandes para cargas útiles más exigentes o, a la inversa, a familias de discos más pequeños para constelaciones densas. En todos los casos, se mantiene la filosofía de aprovechar subsistemas ya existentes en la industria CubeSat —ordenadores de a bordo, radios, sistemas de potencia— para contener los costes y reducir los ciclos de desarrollo.

Misiones que piden un satélite “plano”

Cuando se habla con equipos de misión, emergen tres tipos de aplicaciones donde el DiskSat encaja de forma casi natural. La primera son las constelaciones de comunicaciones y radar de apertura sintética (SAR), que necesitan alta potencia, grandes antenas y masas relativamente reducidas para resultar competitivas. La segunda son las misiones de señalización y navegación, donde la gran superficie facilita trabajar con múltiples frecuencias y antenas de alta ganancia montadas directamente sobre el disco.

La tercera familia agrupa misiones que requieren maniobras orbitales sostenidas, como mantenimiento fino de órbita, cambios de altitud, desorbitado al final de la vida útil o incluso transferencias desde órbita terrestre a órbita lunar mediante propulsión eléctrica. Integrar un sistema de propulsión eléctrica en una estructura plana permite distribuir tanques y equipos a lo largo del perímetro, reduciendo sombras sobre los paneles solares y mejorando el control de actitud cuando el satélite vuela con una cara permanentemente “mirando” a la Tierra, una configuración que además reduce el arrastre aerodinámico y habilita misiones a muy baja altitud, por debajo de los 300 km.

La demostración en órbita: cuatro discos para convencer a la industria

La primera gran prueba de fuego de la plataforma es una misión de demostración tecnológica compuesta por cuatro DiskSats, financiada por el Programa de Naves Espaciales Pequeñas y Sistemas Distribuidos (SSDS) de la NASA y liderada por The Aerospace Corporation. El objetivo es doble: validar el comportamiento en vuelo de la nueva arquitectura y demostrar el dispensador capaz de apilar y liberar los cuatro discos en órbita baja.

El lanzamiento se ha integrado en la misión STP‑S30 “Don’t Be Such A Square”, ejecutada por Rocket Lab con un cohete Electron desde el complejo de lanzamiento 2 en Wallops Island, Virginia. El despegue, a las 12:03 a.m. EST del 18 de diciembre de 2025, colocó los cuatro DiskSats en una órbita de 550 km, desde donde iniciarán maniobras coordinadas para demostrar cambios de altitud, mantenimiento de formación y vuelos en órbita terrestre muy baja.

Quién paga el experimento y por qué importa a la defensa

Más allá del interés tecnológico, el programa DiskSat dice mucho del momento que vive el sector espacial. La NASA financia el diseño y desarrollo de la plataforma a través de su programa SSDS, alojado en el Centro Ames en Silicon Valley y dentro de la Dirección de Misiones de Tecnología Espacial. Pero el lanzamiento y las operaciones en órbita están costeados por el Rocket Systems Launch Program (RSLP) de la Fuerza Espacial de EE. UU. y por el Space Test Program (STP) del Departamento de Guerra, un reparto de roles que subraya el potencial dual —civil y militar— de la tecnología.

Para la Fuerza Espacial, el atractivo es evidente: una plataforma capaz de aportar más potencia y mejores antenas en el mismo volumen estándar permite desplegar capacidades de comunicaciones seguras, vigilancia espacial o inteligencia electrónica con menos lanzamientos y mayor flexibilidad. Para la NASA, DiskSat es una pieza más en su estrategia de sistemas distribuidos, donde constelaciones de satélites pequeños sustituyen o complementan a grandes plataformas únicas, reduciendo riesgos y costes por misión.

Cómo se fabrica un satélite-plato

En los hangares y salas limpias de The Aerospace Corporation, el Bus DiskSat se construye como un ala compuesta más que como un satélite tradicional. La estructura base es un panel sándwich de fibra de carbono con núcleo de panal de aluminio, material muy similar al utilizado en alas de aviones y timones de cola avanzados. Sobre esa “tabla” rígida se fijan los módulos electrónicos, el sistema de propulsión y las cargas útiles, distribuidos para equilibrar masas y minimizar deformaciones.

Los estudios estructurales indican que un disco de un metro y 2,5 cm de grosor, apoyado solo en su perímetro, apenas se deforma 0,07 mm bajo cargas de lanzamiento de hasta 43 g, lo que permite apilarlo en el dispensador con separaciones de un centímetro sin riesgo de contacto entre unidades. A ello se suma un diseño de sensores solares y de horizonte terrestre colocados tanto en las caras como en el perímetro del disco, afinando el control de actitud cuando la nave vuela con una cara siempre apuntando al nadir.

Un nuevo lenguaje para las constelaciones del futuro

El carácter experimental de la misión actual no oculta la ambición del concepto. En los próximos años, si la demostración confirma las expectativas, DiskSat podría convertirse en una opción recurrente para agencias, universidades y empresas que necesiten “algo más” que un CubeSat sin dar el salto a satélites medianos. La geometría de disco facilita integrar antenas planas de banda ancha, telescopios de campo amplio o matrices SAR, elementos clave en constelaciones dedicadas a comunicaciones seguras, vigilancia del tráfico aéreo desde el espacio o monitorización ambiental de alta resolución.

Para el sector de la aviación y la gestión del espacio aéreo, esa promesa no es menor. Una constelación de DiskSats equipados con cargas útiles ADS‑B o receptores de banda L podría seguir el movimiento de aeronaves en tiempo real, incluso en zonas oceánicas y polares donde hoy las coberturas son incompletas, complementando la infraestructura terrestre.

Si a eso se suma la posibilidad de operar a órbitas muy bajas con arrastre reducido, el resultado son geometrías de observación más favorables y latencias menores en los servicios de datos que utilizan aerolíneas y proveedores de navegación.

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