Reflexiones de un español sobre el Proyecto Apolo casi 50 años después

JMMC(José Manuel Colina) "Se trata de unas reflexiones pasados todos estos años, hechas desde el interior, es decir, después de haber participado en ese proyecto y las repercusiones que ha tenido en nuestro modo de vivir cotidiano"

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Santa Cruz de Tenerife, SP.-  “Here men from the planet Earth first set foot upon the moon. July 1969 A.D. We came in peace for all mankind.” “En este lugar por primera vez los hombres del planeta Tierra pisaron la Luna. Julio 1969 A.D. Vinimos en son de paz en nombre de la humanidad.”

El 20 de julio de 2.019 se celebrará el 50º aniversario de la presencia del hombre por primera vez en la Luna, y quizás ahora sea una buena ocasión para hacer algunas reflexiones sobre lo  que supuso ese acontecimiento histórico.

El proyecto Apolo fue algo más que un pulso entre las dos grandes potencias del momento, para ver quién era capaz de ser el primero en poner el pie en la Luna.

Pasado el tiempo, parece que Neil Armstrong estaba en lo cierto cuando al pisar por primera vez sobre nuestro satélite natural dijo la famosa frase: That’s one small step for (a) man, one giant leap for mankind”, lo que podría ser más o menos en español, “Esto es un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad”.

Este proyecto supuso un antes y un después no solamente en el campo aeroespacial o geopolítico,  sino también en otras áreas que difícilmente era previsible imaginar en sus comienzos.

Esa desenfrenada carrera espacial por el liderazgo requirió de muchísima investigación, desarrollo e innovación, lo cual provocó que se anticipara en varias décadas, tanto la participación de la iniciativa privada en el campo aeroespacial como la llegada al consumidor de determinados artículos y servicios que en la actualidad se han convertido en elementos imprescindibles en nuestras vidas.

Fruto de este proyecto para ver quién era el primero en poner el pie en la Luna, el campo de la electrónica y la miniaturización se desarrollaron de una forma impresionante, dando lugar a nuevos productos, y nuevas necesidades de consumo.

El área digital, la computación y la robótica, no han parado de brindar cada día sorprendentes avances y novedosos artículos.

El complejo mundo de las comunicaciones; los teléfonos móviles, la televisión digital, los enlaces de comunicación intercontinentales vía satélite, etc. germinaron con fuerza y nos han inundado con sus adictivos frutos.

La observación de nuestro planeta desde el espacio; predicción meteorológica, detección y explotación de recursos terrestres, avisos de posibles catástrofes, vigilancia de tratados, etc. nos ofrece una valiosa información, y salvan vidas al emitir alertas meteorológicas, riesgos de tsunamis, etc.

La ayuda a la navegación global, en tierra, mar o aire, por medio de constelaciones de satélites artificiales.  Poniendo a disposición de los usuarios, su posición en cuatro dimensiones, 24 horas al día durante todo el año, con equipos profesionales o personales, que caben en la palma de la mano y a un precio más que asequible.

Un mejor conocimiento de nuestro Sistema Solar y más allá, a través de telescopios en el espacio fuera de las interferencias de nuestra atmósfera.

El desarrollo de la telemedicina.  Ya en los años 60 del siglo pasado, recibíamos en las estaciones de seguimiento datos biomédicos de los astronautas desde que salían de la Tierra hasta que regresaban.  Permitiendo diagnosticar y prescribir medicamentos desde lugares a miles de kilómetros de los pacientes.

La reciente incorporación al gobierno de una persona que ha observado a nuestro planeta desde el espacio varias veces y trabajado con distintas agencias espaciales; europea, americana, rusa, etc. es posible que ofrezca enfoques muy distintos al de los demás mortales lastrados permanentemente por la fuerza de la gravedad, y ojalá logre impregnar los consejos de ministros con el conocido “Overview Effect”.

Hay también un número casi ilimitado de objetos de uso cotidiano que normalmente no relacionamos con la investigación espacial; materiales especiales resistentes al fuego o tejidos transpirables, aislantes térmicos muy eficientes y de poco peso, fibras súper resistentes incluso a las balas, utensilios de deporte, sistemas de purificación de agua, herramientas eléctricas sin cables de conexión a la red, protección para las lentes de nuestras gafas o cámaras contra los arañazos, y un largo etc. más.

Ha ocurrido algo parecido a lo que sucedió después de la llegada de Cristóbal Colón al continente americano, anticipando la aparición en Europa de determinados productos que hoy son de consumo diario, pero en cierto modo, pasado el tiempo hemos diluido un poco su procedencia; tortilla española, gazpacho andaluz, fabada asturiana y, … probablemente gran parte de la generación actual no es consciente que los ingredientes, tanto la patata, como el tomate o las fabes, provienen originalmente del otro lado del Atlántico.

En fin, la lista de productos y servicios derivados de esa carrera espacial es interminable y de momento no voy a dedicar más tiempo a este área, porque me gustaría hablar un poco de lo que supuso a nivel personal el haber participado en ese gran programa que posibilitó al ser humano poner el pie en la Luna y a la humanidad beneficiarse del gran esfuerzo de investigación que requirió ese proyecto, el Proyecto Apolo.

Cuando empecé a trabajar para la red de vuelos tripulados de NASA, conocida como MSFN (Manned Space Flight Network), ya tenía cierta experiencia laboral en otras compañías, la última en una multinacional, donde recibíamos parte de la formación en el extranjero.  Sin embargo, durante una larga temporada, no pude evitar quedar boquiabierto ante la forma de actuar en este nuevo trabajo, bordeando constantemente la perfección y donde cualquier detalle era importante.

Había que lograr que los equipos operacionales tuvieran la máxima fiabilidad, los programas de diagnóstico del departamento de proceso de datos, que fue donde yo me inicié, eran numerosísimos y extraordinariamente efectivos, detectando cualquier fallo, su ubicación y la hora a la que había ocurrido.  Cuando no había seguimientos o simulaciones, normalmente dejábamos los equipos con un programa de diagnóstico machacándolos. Había algunos, como las unidades de cinta magnética Univac 1540, que cuando se pasaba la prueba de resistencia“endurance test”,  se llevaban al límite y parecía que iban a reventar.

Existía un plan de mantenimiento preventivo muy riguroso, al que se dedicaba gran cantidad de horas.  Se medía, ajustaba y comprobaba que todo estaba dentro de especificaciones, anotando en los libros de registro (Logbooks) con las iniciales de la persona que lo llevaba a cabo, absolutamente toda actividad, tanto de operaciones como de mantenimiento.

Las simulaciones eran tan meticulosas, que antes de cada lanzamiento venía un avión de los EE.UU. con equipo a bordo emulando a la nave de cada misión, al que había que seguir con la antena y procesar los datos con el resto de los equipos de la estación una y otra vez, procediendo como si fuera la nave tripulada real.  No satisfechos con esto, miembros de este mismo grupo de simulación, se dedicaban a introducir problemas y averías durante los pases, para posteriormente analizar como se habían resuelto y proceder a incluir cambios en los procedimientos operativos o recomendaciones para lograr una misión más segura.

Antes de cada seguimiento, se probaban todos los equipos que iban a intervenir, primero individualmente, después a nivel de departamento, y a continuación se procedía a una simulación local (Dataflow), de punta a punta de la estación, es decir, desde más allá de la antena (a través de la torre de colimación, que estaba situada a unos 3 Km. de la estación de seguimiento, emulando a la nave espacial), hasta la cabecera de las líneas de comunicaciones, pasando por todos los demás equipos.  El siguiente paso era repetirlo, pero con Goddard, Maryland, para probar entre otras cosas, las líneas de comunicaciones con los EE.UU.   La última comprobación se hacía con el centro de control, situado en Houston, Texas.  Si todas estas pruebas eran satisfactorias, entonces  se procedía a seguir al avión de la simulación o a la nave real.

Para todas estas actividades existían unos “Checklists” y “Operating Procedures”, que a mí no se me ocurre 50 años después cómo mejorar ni una coma.

La documentación técnica estaba estandarizada.  Independientemente del fabricante del equipo, NASA editaba sus propios manuales organizándolos todos de la misma manera, es decir, el índice estaba estructurado de tal forma que el contenido de cada capítulo de todos los manuales trataba de la misma materia.

Por poner un ejemplo; si se quería utilizar un esquema de despiece para localizar el número de identificación de un componente, daba igual que se hiciera en un manual de la antena o de un computador, en ambos estaba en el mismo capítulo del manual correspondiente.

Los equipos eran extremadamente fiables y estaban sometidos a continuas modificaciones, conocidas como EC (Engineering Change), para corregir o mejorar sus prestaciones.  Las actualizaciones se transcribían manualmente a la documentación con un procedimiento preestablecido usando dos colores, rojo y azul, uno para reflejar los elementos eliminados en la modificación y otro para los añadidos.  Acto seguido, se notificaba por teletipo la finalización del cambio a un departamento de NASA mediante un FMCR (Final Modification Change Report), y a los pocos días se recibía la documentación corregida de imprenta, para actualizar el manual afectado, labor que realizaba un departamento de documentación local.  Teniendo siempre una documentación actualizada e impoluta.

Todos los cambios tenían que pasar una inspección de control de calidada nivel de departamento, después otra a nivel del centro y una vez al año se recibía la visita de inspectores de la NASA para revisar todas las modificaciones de hardware, documentación, seguridad, etc.  El criterio del inspector o QA (Quality Assurance), que es como lo conocíamos, era sagrado, jamás se ponía en cuestión, ni siquiera por el director del centro.

Debo confesar que todo esto y otros temas más complejos de explicar en este artículo, como eran; el reloj atómico, con una estabilidad superior a un segundo en un millón de años (además de tener que estar sincronizado con los otros relojes de la red), el equipo de Rangingque era capaz de medir la distancia a la que se encontraba la nave con una resolución de unos pocos metros, los “Golden Modules”de los receptores (módulos electrónicos blindados contra las interferencias alojados dentro de robustas cajas metálicas con un baño de oro), etc. a mi en esa época me dejaban perplejo, (y hoy, 50 años después, también).

Este modo de trabajar era trasladable a cualquier departamento o actividad.  Por poner un ejemplo muy simple, a la hora de escribir, para diferenciar el número “cero”, de la letra “o”, el cero se cruzaba con una línea inclinada a la derecha 45opara evitar posibles confusiones.

El número “uno” había que escribirlo con un trazo vertical  y otro pequeño horizontal centrado en la base para diferenciarlo de la letra “l” que solamente era un trazo vertical.

En definitiva, se trataba de eliminar la ambigüedad y no dar ninguna oportunidad a posibles interpretaciones erróneas.

Por tocar también un poco el controvertido tema del elevado coste económico del proyecto Apolo.  Haciendo algunas comparaciones, la guerra del Vietnam fue aproximadamente 5 veces más costosa y las de Irak y Afganistán ya han costado al contribuyente de los EE.UU. unas 20 veces el coste de este proyecto, más varias decenas de miles de vidas.

Alguien se preguntará, por qué comparar el proyecto Apolo con las guerras.  La realidad es que en ambos casos se trataba de mostrar la superioridad sobre el adversario, en uno a través del desarrollo tecnológico pacífico, con muchos beneficios colaterales derivados de la investigación y en el otro mediante el confrontamiento bélico que mata, crea miseria y mucho sufrimiento.  El elegir la primera opción (proyecto Apolo), no parece que fue una mala idea.

Para ser justos, creo que hay que mencionar que no todo fue “leche y miel”, también ocurrió algún que otro disgusto.  El 27 de enero de 1.967, hubo que pagar un alto precio por dar prioridad a las prisas en detrimento de la seguridad.  No suele ser aconsejable coger cualquier atajo para llegar antes, o morder más de lo que se puede masticar.  Generalmente esas prácticas suelen acabar mal y en este caso costó la vida a los tres astronautas durante una simulación.

Se llevaron a cabo más de mil modificaciones para corregir las múltiples causas que ocasionaron el fatídico accidente, y aproximadamente dos años después, el primer vuelo tripulado, Apolo 7 y los siguientes, demostraron que el esfuerzo había merecido la pena.

Posteriormente hubo un pequeño tropezón, el Apolo 13, pero afortunadamente gracias a una extraordinaria gestión del problema y, … un poco de suerte (todo hay que decirlo), el incidente acabó bien, con la tripulación sana y salva de regreso a casa.

También conviene recordar, que entre otras cosas, no hemos sido muy respetuosos con nuestro propio hogar.  Ha ocurrido algo parecido a lo que sucede en algunas celebraciones de los conocidos “botellones”, que dejan el recinto de la fiesta hecho unos zorros.  En el caso que nos ocupa, como consecuencia del rápido e irresponsable desarrollo aerospacial, principalmente el espacio más cercano, se ha llenado de un montón de chatarra orbitando nuestro planeta, creando un problema en el presente y un regalo envenenado para futuras generaciones al quedar nosotros mismos atrapados dentro de una peligrosa capa de desechos espaciales que se desplazan a velocidades de varias decenas de miles de Km./h con capacidad para dañar o destruir cualquier cosa que se interponga en sus trayectorias.

Ahora cambio un poco de tercio y voy a comentar algo que personalmente opino que también jugó un papel de vital importancia en el éxito de este proyecto.

Se trata de la formación.  Además de las duras pruebas a superar durante la fase de selección para formar parte de este equipo, y una intensa formación local en el mismo lugar de trabajo, NASA tenía un centro de entrenamiento, NT&TF(Network Testing & Training Facility), muy exigente y extraordinariamente efectivo en Goddard Space Flight Center, situado en la costa este de los EE.UU. en el estado de Maryland y por donde el personal técnico de la red MSFN teníamos que desfilar con cierta frecuencia.

NT&TF era una recreación completa de una estación de seguimiento, y los instructores cuando no daban clases se dedicaban a hacer simulaciones y seguimientos reales, consiguiendo información de primera mano a través de la experiencia, que junto con la formación recibida en las factorías que fabricaban los distintos equipos, después transmitían a los alumnos. Durante los cursos de formación, todas la semanas había una o más pruebas sorpresa de evaluación, tanto de operaciones como de mantenimiento, ¡nos baldaban!

Cualquier equipo de una estación de seguimiento espacial, no se podía tocar si previamente no habías superado el correspondiente curso oficial, y haber pasado un proceso de certificación, supervisado por uno o varios expertos, quienes firmaban o no cada apartado de una lista interminable de requerimientos.

Yo recuerdo que mi primer curso en NT&TF fue el “642-B”.  Era el computador construido para procesar datos en tiempo real, más potente, rápido y fiable de la época, fabricado por Univac – Division of Sperry Rand Corporation, para la Navyde los EE.UU. concretamente para el control de misiles.

En las estaciones de seguimiento de vuelos tripulados, un computador de este tipo procesaba en tiempo real la telemetría recibida de la nave y otro los comandos o instrucciones para enviar a la misma.  Ambas funciones eran  intercambiables para dar mayor flexibilidad en caso de fallo.

Por dar unos pocos datos de este equipo; tenia cada uno el tamaño de un armario ropero de doble cuerpo, pesaba más de una tonelada y consumía varios Kilovatios de potencia.

Era casi imposible que una estación de seguimiento se declarara inoperativa (Red). Todos los equipos además de ser extraordinariamente fiables, estaban duplicados, triplicados o cuadriplicados, menos uno, la antena paraboloide de 26 metros.

¿Qué se ideó para tener también redundancia de la antena?

Pues usar mediante un enlace de microondas, otra antena situada a unos 8 kilómetros (en línea recta), perteneciente a la red de seguimiento de NASA dedicada a la investigación del espacio profundo, conocida como DSN (Deep Space Network).

En esa época no existía el correo electrónico, pero cada estación tenía un departamento  de comunicaciones, donde además de gestionar las líneas de voz y datos, disponía de teletipos para poder establecer una comunicación impresa fluida con toda la red.

La estación de seguimiento para vuelos tripulados parecía la sede de la Organización de las  Naciones Unidas, había trabajando personas que provenían de todos los rincones del mundo.  La instalación gozaba de una gran autonomía, tenía dentro del mismo recinto una central eléctrica para generar su propia energía, el agua potable provenía de pozos, poseía servicio de restaurante, dormitorios, surtidores de combustible, flota de vehículos para sus empleados, helipuerto, una buena red de comunicaciones, guardias de seguridad, una renta  Per Cápitasuperior a la media nacional, etc.  Pudimos haber declarado tranquilamente la independencia (República Interestelar de la Oliva), pero nos faltó un huerto, un gallinero y algo más importante, un buen líder extraterrestre.

Bromas aparte, ya para terminar, otro asunto que a mí me ha tenido durante mucho tiempo y aún me tiene impresionado.  El 25 de mayo de 1.961 el presidente John F. Kennedy anunció, en una sesión especial del Congreso de los EE.UU.  el reto de enviar al hombre a la Luna antes de finalizar esa misma década.

Se trataba de uno de los mayores proyectos llevados a cabo en tiempos de paz, un proyecto que empleó a unas 400.000 personas y además requirió el apoyo de más de 20.000 empresas y universidades.   Cierto que el presupuesto era generoso, unos 24 billones (americanos) de dólares, pero el dinero no lo es todo, la gestión y control de este gigantesco proyecto fue impresionante.

El dirigir una orquesta filarmónica nuevay lograr que suenen todos sus componentes al unísono, no es tarea fácil, si se compone de 400.000 músicos, se complica aún un poco más, y si tienen que actuar a unos 384.000 Km. de distancia del director, esto supone todo un reto.  Si a estas dificultades añadimos que había que dirigir también a 20.000  fabricantes de los instrumentos y además los instrumentos había que inventarlos partiendo de cero, se pueden imaginar el esfuerzo que supuso el poder dar conciertos como los que se dieron  repetidas veces en la Luna, disponiendo de menos de una década para organizarlo todo.

Una de las cosas más complicadas y que los gestores del proyecto Apolo bordaron, fue motivara ese heterogéneo grupo de más de 400.00 personas, para que todos remaran con ilusión en la misma dirección.

Mi opinión, es que ese fue también un factor clave en el éxito de este proyecto.  NASA supo ganarse al personal a través de un trato cercano y justo, con el reconocimiento del trabajo bien hecho, mediante mención verbal, escrita y/o incentivos, sueldos generosos, (menos de lo que la gente cree), pluses o premios de reconocimiento por objetivos cumplidos, sugerencias de mejoras o comportamientos ejemplares ante situaciones excepcionales, etc.  Obsequios de bajo coste relacionados con el trabajo (fotografías de astronautas, de naves o instalaciones de la NASA, pegatinas, pines, pósters, etc.), visitas de personalidades de  NASA, Administrador General, astronautas, etc. valorando y agradeciendo la labor prestada por el personal del centro, entregando en mano algunos galardones como el “Snoopy de plata”, y otros detalles más que sirvieron para engrasar la maquinaria y que funcionaron realmente bien.

Cualquier empresa o país que sea capaz de motivar e inculcar ese entusiasmo a sus trabajadores o ciudadanos, de la forma que lo hizo NASA, ¡no hay quien los pare! Es increíble el potencial de gente normal, adecuadamente entrenada, motivada y, bien dirigida.

Que nadie se equivoque y piense que aquello siempre era una balsa de aceite. Los que llevaban la batuta eran extremadamente exigentes.  El trabajo en tiempo real y con vidas humanas en juego es bastante estresante y de vez en cuando,  como en cualquier familia bien avenida, también saltaban los nervios y había alguna trifulca.

Como muy bien saben la mayoría de los lectores, España jugó un papel muy importante en este proyecto. Entre los municipios madrileños de Fresnedillas de la Oliva y Navalagamella,  NASA construyó en los años 60, una de las tres estaciones más importantes de la red de seguimiento para vuelos tripulados MSFN, dotada de una antena paraboloide de 26 m. y en la isla de Gran Canaria, a pocos kilómetros del enclave turístico de Maspalomas, también se construyó otra estación de seguimiento usada por esta misma red y provista de una antena de 9 m.

En el pueblo de Fresnedillas de la Oliva, hay un “Museo Lunar” dedicado principalmente al proyecto que puso a esta pequeña localidad en el mapa, en el que se muestran imágenes y objetos relacionados con la gesta de la llegada del hombre a la Luna y la participación de España en esta aventura  a través de la “Estación Apolo de Madrid” perteneciente a la red de vuelos tripulados MSFN, ubicada precisamente en Fresnedillas de la Oliva-Navalagamella y asistida por la antena DSS-61 de la vecina estación de Robledo de Chavela (MDSCC) usada de respaldo (wing antenna).

Quiero aprovechar esta oportunidad para recordar con admiración a algunos compañeros que ya no están entre nosotros y que fueron ejemplares tanto profesionalmente como a nivel personal, se trata de Manuel Bautista Aranda, director de las estaciones de NASA en España, además de ejercer de director, practicaba Yoga y honradez, Luis Guitart Poch, se encargaba con celo de administrar los dineros, Pilar de Río, secretaria y paño de lagrimas  siempre dispuesta a ayudar al necesitado, Félix García Castañer, uno de los superdotados más completos que he tenido oportunidad de conocer a lo largo de mi vida, Andrés Ripoll Muntaner, quien también ocupó cargos relevantes en la Agencia Espacial Europea (ESA) finalizado el proyecto Apolo.

Han sido más los que han ido cayendo por el camino y no puedo mencionar a todos, pero sí mantener un grato recuerdo.

Como miembro de ese gran equipo de 400.000 personas, me siento agradecido y orgulloso de haber participado con mi modesto grano de arena en este proyecto.  Yo diría que fue como escalar a un pico de una montaña, una experiencia dura, pero placentera.  Aún quedan otros muchos picos más por escalar, y como uno de los ingredientes que ha hecho avanzar a la humanidad es la curiosidad, habrá que ir a por ellos, para averiguar si desde alguno se observan signos de que hay o ha habido algún tipo de actividad biológica o simplemente seguir avanzando en el conocimiento para tratar de descubrir algún día el origen de la vida y su diseminación, vía panspermia o no, para poder dar respuesta a las eternas preguntas; ¿qué pintamos en este complejo mundo, de dónde venimos y a dónde vamos?

J.M.M.C.

 

1 Comentario

  1. Me uno para dar la enhorabuena al autor. Artículo muy interesante, emocionante e ilustrativo de la excelencia, rigor y profesionalidad de muchas personas.
    Espero que algún día se les reconozca como es debido su extraordinaria labor, inmensa y a la vez discreta.

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