¡Que lo queremos todo!

By John White

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Estrecho de Magallanes, Aguas Internacionales.- El verano es esa época del año en la que hordas de seres humanos escapan al unísono de los núcleos urbanos buscando su merecido descanso con la suegra, el botijo, la tortilla de patatas y el repelente para insectos untado hasta en partes del cuerpo donde no se debería aplicar.

La expresión “hacer su agosto” es, por tanto, literal para compañías aéreas y empresas de servicios aeroportuarios.

Recientemente ha saltado a la palestra la imposibilidad práctica de Vueling para ofrecer el servicio ofertado para la campaña estival. Han vendido más billetes y trayectos de los que podían ofrecer, siendo esta una práctica que raya en la estafa. La falta de tripulaciones y de aviones ha generado demoras y molestias a miles de pasajeros que han bramado en la redes pidiendo una solución.

La propia directora de planificación de Vueling resultó despedida tras alertar de que con los recursos disponibles esa programación estival era mera ciencia ficción.

La administración ha tratado, demasiado tarde, de cubrirse las espaldas de cara a la galería. Porque haber inspeccionado las rotaciones de vuelos de la compañía, y estudiar desde una óptica realista su viabilidad antes de que se produjese el caos y el efecto dominó de cancelaciones parece estar fuera de las intenciones tanto del Ministerio de Fomento como de su brazo armado propagandístico, la AESA (Agencia Estatal de Seguridad Aérea), dotada sin embargo de un presupuesto millonario.

La única solución ha pasado, por parte del Ministerio de Fomento, por forzar a Vueling a cancelar algunos vuelos y, por parte de la compañía aérea, a aumentar los días trabajados a sus tripulaciones, ya al límite, y con una fatiga considerable.

Air Europa y otras compañías aéreas se enfrentan a problemas similares.

Pero se diría que la solución siempre pasa por lo mismo: enchufarle al trabajador más horas de trabajo quiera o no quiera.

La crisis no es nueva. Ya en en el año 2010 asistimos a un bochornoso espectáculo por parte del Ministerio de Fomento que concluyó con el cierre del espacio aéreo en diciembre, la militarización de los controladores y la declaración de un estado de excepción con tintes banareros y fascistas. El propio ministerio, presidido por José Blanco, y a instancias de Aena, presidida entonces por Juan Ignacio Lema Devesa, aumentó la jornada laboral de los controladores a golpe de decretazo al verse sin efectivos suficientes para cubrir la jornada mínima que la propia administración les puso en enero de ese año.

Aena lleva años sin contratar ningún controlador nuevo. La plantilla de controladores ha envejecido, el tráfico aéreo ha aumentado y el sistema se sostiene con alfileres manu militar, y a base de una cultura del terror, medidas coercitivas, un marco normativo requerido a Fomento, y una serie de rehenes en los juzgados sobre los que pende una espada de Damocles desde hace ya casi seis años.

La fatiga laboral en régimen de turnos quema. Pero además, en determinados entornos, mata.
Mata al propio trabajador y a su vida personal y mata al usuario del transporte aéreo cuando ocurre un accidente.

Año 2008. La compañía Spanair está ya prácticamente quebrada financieramente. A la tripulación del vuelo JKK5022 (Barajas- Gran Canaria) se le olvidó sacar los flaps durante la carrera de despegue. Murieron más de 150 personas.

¿Culpamos al piloto? No. Debemos culpar al sistema gerencial que le hace ir con prisas, mal dormido y presionado laboralmente, así como a la administración que no sólo lo consiente, sino que lo incentiva de manera indirecta.

Recientemente se ha hecho público el informe europeo sobre el accidente del Alvia en Angroix que pone de manifiesto la falta de independencia entre el prestador del servicio y la administración en las investigaciones sobre accidentes ferroviariarios. Otro tanto pasó con el desgraciado accidente de Spanair y la CIAIAC.

Es norma en la política taparlo todo y echarle siempre las culpas al eslabón más débil de la cadena: el trabajador. En el caso del accidente del Alvia, el maquinista sigue siendo el único imputado, a pesar de la plétora de irregularidades económicas y técnicas destapadas en ese accidente.

Los políticos acaban en sillones en Bruselas pagados con nuestros impuestos. Los gestores públicos abren las puertas giratorias y terminan en algún consejo de administración bien pagado. Todos ellos son siempre impunes judicialmente y son “los de abajo” los que que cargan con las culpas.

La administración y las grandes empresas se aseguran de que esto siempre sea así con su maquinaria de comunicación propagandística, que en un país iletrado y más preocupado por el fútbol o Tele5 traga las consignas mediáticas sin cuestionar lo que se les dice amparándose en sustratos de odio, de envidia o de cainismo pre existentes.

La estupidez colectiva, el peseterismo lowcost y la falta de juicio crítico son los gérmenes de la manipulación y de los tiempos que vivimos.

Es tiempo de reflexión. No todo vale para irse masivamente a Benidorm a disfrutar del botijo, de la suegra y de las gambitas por cuatro perras. ¿Son sólo derechos laborales “los míos” y no los de los demás, esos que han de llevarme a Benidorm? A lo mejor esta reflexión es mucho pedir si ya hemos aceptado que nos gusta un mundo de productos y servicios lowcost en los que otros, ya sea en España o en el sureste asiático, han de vivir una vida “highcost”. Sigan comprando en Primark. Eso sí, luego no se quejen si la ropa encoge o se matan en un medio de transporte.

¡Que lo queremos todo!

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